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Promise and Progress - Transforming Prostate Cancer - cover story Spanish edition

Transforming Prostate Cancer
Issue No. 2013

Transforming Prostate Cancer - cover story Spanish edition

By: Valerie Mehl
Date: January 3, 2013


La Transformación del Cáncer de la Próstata

Detección, Diagnóstico y Tratamiento

Entre los cánceres, el de la próstata es algo raro. No se atiene a lo que los expertos ya saben en cuanto a la mejor manera de tratar la mayoría de los cánceres, es decir: Hallarlo pronto y tratarlo pronto. El cáncer de la próstata es distinto. Es posible que sea uno de los pocos cánceres con los cuales los seres humanos pueden vivir. En la mayoría de los casos, crece lentamente, y muchas veces aun cánceres en estado avanzado pueden ser controlados por años. Por otra parte, es un cáncer que mata a muchos hombres. Es la segunda causa principal de muerte entre los hombres. Entonces, el desafío consiste en distinguir el “buen” cáncer de la próstata del “malo”. Como resultado, es un modelo de la medicina personalizada para el cáncer, con el cual los urólogos, los científicos que estudian el cáncer y los médicos clínicos de Johns Hopkins abren el camino, utilizando la ciencia y la tecnología más avanzada para redefinir para el mundo a quiénes hacer la prueba preliminar, a quiénes tratar y a quiénes dejar en paz sin correr peligro.

Desde Dónde Hemos Venido; Hacia Dónde Vamos

En parte, podemos trazar la innovación que distingue el programa del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, al pensamiento iluminado de Patrick Walsh y Donald Coffey. Ellos marcaron la pauta que desafió tanto a los clínicos como a los investigadores a pensar más allá del statu quo; más allá de lo adecuado hasta alcanzar lo extraordinario. Walsh desarrolló una estrategia anatómica para la cirugía que salva el nervio. Por primera vez, se extirpaba y curaba el cáncer de la próstata sin causar efectos secundarios devastadores para los hombres. Los pacientes viajaban a Johns Hopkins de todo el mundo para someterse a la cirugía de Walsh, y los urólogos en formación se esforzaban por ir a Johns Hopkins para aprender la técnica pionera. Hoy en día, sigue siendo la cirugía que se lleva a cabo con mayor frecuencia en Johns Hopkins.

Iluminado y progresista, Walsh recopiló una extensa base de datos de miles de pacientes, y les dio seguimiento 30 años. Lo que él y otros aprendieron de esos hombres llegó a ser materia prima de laboratorio para el inquisitivo investigador con anteojos, Donald Coffey, quien comenzó a explorar la biología básica del cáncer de la próstata, y proveyó algunos de los primeros entendimientos sobre las variaciones sutiles y singulares del ADN del cáncer. Como Walsh, compartía lo que aprendía. Fue uno de los primeros profesores triples, un profesor consumado, quien inspiró a generaciones de investigadores no sólo a buscar respuestas, sino a formular preguntas que nunca antes se habían hecho.

Los que estudiaron bajo Walsh y Coffey llegaron a ser líderes en la investigación y el tratamiento del cáncer de la próstata en Johns Hopkins y alrededor del mundo. Walsh, un clínico, y Coffey, un científico básico, personificaron la colaboración entre el laboratorio y el paciente, el distintivo de la medicina de Johns Hopkins, y proveyó raíces firmes para el programa de cáncer de la próstata.

Por muchas razones, ésta es la edad dorada. Semejante al papel que juegan los abuelos en una familia, generaciones de clínicos e investigadores proveen una profundidad increíble al programa del cáncer de la próstata. Hoy en día, bajo la dirección de William Nelson, Director del Centro Oncológico Kimmel, Alan Partin, Director del Instituto Urológico Brady, y Theodore DeWeese, Director del Departamento de Oncología Radioterapéutica y Ciencias de la Radiación Molecular, los peritos de Johns Hopkins en una gran variedad de disciplinas, están en la vanguardia, preparados para transformar la manera cómo se detecta, diagnostica y trata el cáncer de la próstata.

Primeramente: No Causar Daño

El propósito de la detección precoz es hallar el cáncer temprano, para extirparlo o destruirlo antes de que cause daño. Eso tiene sentido para la mayoría de los cánceres. Sin embargo, el problema de la detección precoz del cáncer de la próstata es que a veces, especialmente en los hombres de mayor edad, los procedimientos diagnósticos y los tratamientos causan más daño que la enfermedad misma.

En el centro del dilema se encuentra la prueba del Antígeno Prostático Específico (Prostate Specific Antigen, PSA), la cual hace posible la detección precoz del cáncer de la próstata. Hace poco que la Comisión Preventiva de los EE.UU. (United States Preventive Task Force) recomendó que no se llevara a cabo la prueba PSA periódicamente para la detección precoz, porque afirman que los perjuicios son mayores que los beneficios. Su anuncio captó la atención de muchos. Sin embargo, lo cierto es que mucho antes de que la Comisión Preventiva diese su opinión, los expertos en Johns Hopkins habían estado evaluando la prueba y cambiando los estudios sistemáticos y el tratamiento del cáncer de la próstata.

 

“Hace mucho que sabemos que es posible que el uso de la prueba PSA cause mucho daño”, dice el urólogo H. Ballentine Carter, quien hace más de 20 años ha estado estudiando y evaluando la prueba en poblaciones grandes de hombres. Dicen Carter y otros expertos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins, que a pesar de la manera como se la ha caracterizado en los titulares recientes, de por sí la prueba PSA no es una prueba mala. El problema, dicen ellos, no es tanto la prueba PSA, sino la manera como se la usa.

 

A fines de los 1980, antes de que saliese a la venta la prueba del Antígeno Prostático Específico, o PSA, según ahora se la conoce, el cáncer de la próstata era fundamentalmente una enfermedad sin tratamiento. No había una manera de hallar el cáncer, y los hombres iban al médico únicamente después de haber comenzado a experimentar los síntomas, tales como dificultad al orinar o tener sangre en la orina.  A esas alturas, el cáncer ya había avanzado mucho, y no tenía cura. Se usaba la cirugía más que nada para aliviar los síntomas, tales como obstrucciones de la vejiga causadas por tumores, y con frecuencia dejaba a los hombres incontinentes e impotentes. Para el hombre con cáncer de la próstata, parecía que si el cáncer no le quitaba la vida, ciertamente le quitaría la calidad de su vida.

 

Por lo tanto, no ha de sorprender que cuando se desarrolló una prueba capaz de detectar el cáncer temprano, antes de que apareciese cualquier síntoma, esa prueba se usaría. Imagínese, dice Carter, si existiese una prueba tal para el cáncer del páncreas o del pulmón. Fuese o no un exceso en la detección, la gente se pondría en fila para obtener la prueba.

 

Sin haber ciencia para guiar cuándo debería comenzar el estudio sistemático del cáncer ni la frecuencia con la cual se debería llevar a cabo, el país emprendió la práctica de estudiar en exceso, detectar en exceso, y tratar ese cáncer en exceso, ofreciendo estudios gratuitos y presentando campañas de concientización que ayudaron a avivar la tendencia.

 

El resultado fue un aumento dramático en la incidencia del cáncer de la próstata, y la mayoría de los expertos acordó que muchos de los cánceres que fueron detectados nunca hubieran causado daño. Los médicos estaban hallando muchos cánceres de la próstata, pero los científicos de Johns Hopkins hallaron que muchos de ellos nunca causarían problemas. “Ahora”, dice Carter, “tenemos que tomar una estrategia más moderada”.

 

Él, con otros peritos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins, están volviendo a tomar en cuenta la ciencia médica, utilizando investigaciones sensatas para determinar la mejor manera de llevar a cabo las pruebas preliminares del cáncer de la próstata, y cómo averiguar cuáles cánceres de la próstata probablemente matan y cuáles son menos agresivos y, posiblemente, no requieran un tratamiento.

 

Estudios Sistemáticos Personalizados del Cáncer

 

Las cifras son asombrosas. Cada año, a 20 millones de hombres se les hace la prueba PSA. Muchos se someten a biopsias innecesarias, sufren complicaciones, tales como infección y sangramiento, y aún otros reciben cirugía, radiación, terapias con hormonas y tratamientos con medicamentos que tienen efectos secundarios desagradables. Menos de una tercera parte de 1 por ciento de todos esos hombres morirá a causa de la enfermedad. Dice Craig Pollack, investigador financiado por el Fondo de Compensación del Cigarrillo de Maryland (Maryland Cigarette Restitution Fund) y perito en la política de la salud, “Queda patente que para muchos hombres, los beneficios pueden ser escasos y los daños, importantes”. El desafío yace en descifrar de las masas, cuáles hombres sacarían provecho del estudio sistemático y cuáles no.

 

Abunda la confusión, dice Pollack. Si se les pregunta a los pacientes por qué se les hizo la prueba, dicen que es porque su médico se la recomendó. Si se les pregunta a los médicos por qué recomiendan la prueba, dicen que es porque sus pacientes la esperan. A pesar de que Pollack halla que la mayoría de los médicos de atención primaria a quienes él ha encuestado reconocen los problemas que conlleva el uso rutinario de la prueba PSA, no están seguros cómo explicarlos a sus pacientes.

 

“Queda patente que hay percepciones erróneas”, dice Pollack, “y debido a que la mayoría de las pruebas se hacen en la comunidad, tenemos que darles un instrumento para la toma de decisiones que les ayude a mejorar su práctica”.

 

Carter, Pollack, Elizabeth Platz, experta en la prevención y control del cáncer, y otros peritos del cáncer y de salud pública de Johns Hopkins, han desarrollado un instrumento tal. Es un sistema innovador, computarizado, que puede integrarse con los historiales clínicos de los pacientes. Los médicos comunitarios de Johns Hopkins en todo el estado de Maryland lo pondrán a prueba. Esperan que ayude a los médicos de cabecera a tratar el tema de la prueba del cáncer de la próstata con sus pacientes, de manera que orienten la prueba PSA a los que les pueda beneficiar, y no a los que no les aprovecharía.

 

El instrumento para la toma de decisiones toma en cuenta la edad y el historial clínico personal, junto con los resultados de pruebas PSA anteriores, y sirve de guía interactiva para los médicos cuando conversan con sus pacientes acerca de la prueba de evaluación para el cáncer de la próstata. Pollack y sus colegas hallaron que, a pesar de que la mayoría de los médicos dijo que tomaba en cuenta la edad y expectativa de vida al recetar la prueba PSA, muchos también dijeron que les era difícil calcular la expectativa de vida de sus pacientes, y que les agradaría recibir ayuda en esa área.

 

Dice Carter que el estudio sistemático con la prueba no es una talla única, igual para todos. Pollack reconoce que cambiar de una metodología tipo población, en la cual todos son estudiados, a un método individualizado y dirigido solamente a los que, según las buenas investigaciones, sacarían provecho, puede ser difícil. Pueden preocuparse los hombres a quienes no se les recomiende la prueba, especialmente si han sido estudiados en el pasado, y los médicos pueden preocuparse de posiblemente pasar por alto un cáncer. Sin embargo, Pollack dice que hay evidencias concluyentes que no es necesario que todos se sometan a la prueba anual. “Una metodología individualizada tiene sentido”, él dice. “Nuestra meta es demostrar que una metodología personalizada resulta en mejor atención y menos complicaciones con menos costo, y eso resulta bueno para todos”, dice Pollack.

 

Si un hombre entre 40 y 75 años de edad viene al consultorio, en vez de ofrecerle la prueba rutinaria, se les instará a los médicos a comentar con él los beneficios y riesgos posibles de la prueba PSA. El instrumento para la toma de decisiones incluye temas de conversación, que ayudan a orientar al médico sobre cómo hablar con sus pacientes en cuanto a los riesgos posibles y los beneficios de someterse a la prueba PSA. A los médicos también se les pedirá que expliquen los perjuicios y beneficios posibles de los tratamientos.

 

“La meta es disminuir las pruebas rutinarias, y finalmente también los tratamientos, para los individuos quienes sabemos, con certeza, no sacarán provecho, y aumentarlas en las personas que sí se beneficiarían”, dice Carter. Los hombres se han acostumbrado a anticipar que se les hará la prueba PSA como parte de su examen físico anual. Este instrumento ayuda a tratar las percepciones erróneas en cuanto a la prueba sistemática, y facilita las discusiones que ayudarán a los médicos y a sus pacientes a tomar decisiones mejor informadas. Carter ha llevado a cabo estudios grandes de poblaciones, en los cuales han participado miles de hombres, y los datos muestran en forma abrumadora que es más probable que los hombres mayores de 75 años de edad mueran con cáncer de la próstata que como resultado de él, particularmente si sufren de otros problemas de salud más apremiantes. Por lo tanto, esos hombres no sacarían provecho de la prueba PSA, y dice Carter que los médicos deberían explicárselo. William Nelson, director del Centro para el Cáncer Kimmel y perito del cáncer de la próstata, lo explica de esta manera: “Yo les digo a los hombres mayores de 75 años que están considerando someterse a la prueba rutinaria, ‘Usted no la necesita. Usted ya ganó. Para usted, el cáncer de la próstata no va a ser un problema’”. 

 

Si el médico y el paciente deciden que hacerse la prueba sería ventajoso, el instrumento también provee recomendaciones sobre cuándo y con cuánta frecuencia se debe repetir la prueba.

 

En vista de toda la confusión, el clínico Michael Carducci quiere cerciorarse de que los hombres que sufren del cáncer de la próstata comprendan que la polémica de la prueba PSA sólo se refiere a los estudios sistemáticos. Él dice que la prueba PSA sigue siendo un instrumento fundamental para controlar a los hombres que ya han sido diagnosticados, y para determinar si existe un problema médico en los hombres que tienen síntomas. “Si usted se levanta cinco veces por noche para ir al baño, si tiene sangre en la orina o sufre de disfunción eréctil, esto ya no es un estudio sistemático. Es un diagnóstico”, dice Carducci. “Es importante que los hombres comprendan la diferencia”.

 

Dar Tratamiento o No Dar Tratamiento

 

Parte del mayor potencial de la medicina personalizada yace en el uso de nuestros nuevos conocimientos sobre la biología del cáncer para hacer llegar el tratamiento correcto al paciente correcto. A veces, el tratamiento correcto puede ser no dar ningún tratamiento.

 

Una manera importante de disminuir el daño a los hombres es individualizar el manejo del cáncer de la próstata. La prueba PSA no es la única cosa responsable de los efectos adversos que los hombres han sufrido, sino lo que los médicos han hecho con la prueba PSA – más que nada han tratado la enfermedad en forma excesiva.  Una vez que se diagnostica a un hombre con cáncer, dice Carter, es importante que él sepa que los tratamientos invasivos no constituyen la única opción.

 

Los tratamientos para el cáncer de la próstata pueden incluir la extirpación quirúrgica de la próstata, la radiación, las terapias hormonales y la quimioterapia.  Cada uno de ellos conlleva la posibilidad de causar problemas serios, tales como la disfunción eréctil, la impotencia y la incontinencia urinaria, o daños al intestino. Queda claro que para muchos hombres el tratamiento es la mejor opción, y nuestros clínicos del cáncer de la próstata se cuentan entre los mejores del mundo. Los clínicos de Johns Hopkins no sólo han sido pioneros en remedios quirúrgicos, radioterapéuticos y farmacológicos para la enfermedad, sino que también han estado a la vanguardia de la estrategia de no dar ningún tratamiento. Se llama vigilancia activa – y la palabra clave es activa.

 

Aunque Carter es uno de los principales cirujanos del mundo para el cáncer de la próstata, él cree que a veces la mejor táctica para los hombres diagnosticados con una enfermedad de nivel bajo, es poner a un lado el bisturí. Desde 1995, esa estrategia ha sido el enfoque investigador del Instituto Urológico Brady en Johns Hopkins. Datos obtenidos de varios estudios grandes mostraron de manera inequívoca que muchos hombres con una enfermedad de nivel bajo nunca sufrirían perjuicios causados por su cáncer, pero podrían sufrir, y con demasiada frecuencia sufren, a causa del tratamiento. “Cada año, la mayoría de los hombres diagnosticados con cáncer de la próstata tiene más de 65 años, y el riesgo de morir como resultado de su enfermedad es bajo, si se aplaza el tratamiento”, dice Carter. “Sin embargo, es probable que más de 90 por ciento de esos hombres, incluyendo un 80 por ciento de los que tienen más de 75 años, elija algún tipo de tratamiento. La vigilancia activa aborda el tratamiento excesivo de las etapas más leves del cáncer de la próstata, especialmente en los de la tercera edad”.

 

A más o menos un 40 por ciento de los hombres se los diagnostica con una enfermedad de bajo riesgo, y para un número significativo de ellos, la vigilancia activa ofrece una manera de controlar su cáncer muy cuidadosamente, y les da la opción de demorar el tratamiento, mientras no progrese la enfermedad. Muchos de esos hombres nunca necesitarán un tratamiento, pero si lo llegan a necesitar, la vigilancia cuidadosa permite observar y tratar el cáncer creciente en tanto que aún sea curable.  Un modelo del Instituto Nacional del Cáncer (National Cancer Institute, NCI) que utiliza un simulacro computarizado para determinar los resultados para los pacientes, evaluó todos los datos de vigilancia activa de Carter, y los comparó con los datos de hombres que hubiesen calificado para la vigilancia activa, pero eligieron la cirugía. En el peor de los casos, el modelo del NCI halló que durante un período de 15 años, los hombres que eligieron la vigilancia activa podían ganar un promedio de siete años más sin recibir tratamiento y, en lo máximo, se arriesgaban a perder tres meses de vida.

 

Alex Cameron, un negociante de Pennsylvania, fue uno de los primeros que participó en la vigilancia activa. En 1999, cuando lo diagnosticaron con cáncer de la próstata, Cameron estaba a finales de los 50 años, y comenzó a explorar opciones, incluyendo la terapia de hormonas, la braquiterapia y la cirugía. Durante su investigación, se enteró de la estrategia de Carter de vigilancia activa y programó una cita. Él admite que con una esposa, tres hijas y ocho nietos por los cuales vivir, la idea de dejar el cáncer en paz lo preocupaba un poco a él y a sus seres queridos. El cáncer de la próstata de Cameron encajaba dentro de los parámetros para la vigilancia activa. Su puntuación Gleason era baja, y su cáncer crecía muy lentamente. “La vigilancia activa parecía ser un caso en que todos ganarían,” dice Cameron. Él dice que las biopsias regulares realizadas bajo anestesia local para controlar su cáncer constituían un inconveniente sin importancia, a cambio de su salud actual y libre de tratamientos. Dijo que también lo consolaba saber que cinco de los mejores patólogos mundiales del cáncer de la próstata estaban revisando las muestras de sus biopsias. Hoy en día, a los 71 años de edad, Cameron sigue activo y lleno de salud, seguro de que tomó la decisión correcta. “Para cualquier hombre en mi situación”, él dice, “la vigilancia activa es la mejor forma de proceder”.

 

Cameron es uno de más de 1.000 hombres que han participado en la vigilancia activa desde que Johns Hopkins comenzó a ofrecerla hace 16 años, y en la actualidad unos 600 participan. El participante promedio tiene 67 o más años de edad. Esta opción, dice Carter, es para los hombres que probablemente vivirán sus vidas naturales sin sufrir perjuicios del cáncer de la próstata. En otras palabras, el cáncer de la próstata no los va a matar. Cada seis meses se les hace un examen rectal y la prueba PSA, como también una biopsia anual para controlar su cáncer cuidadosamente. Más recientemente, Carter ha añadido IRM (imagen por resonancia magnética) a la vigilancia. “Sabemos que en algunos hombres existe la posibilidad de subestimar el alcance de la enfermedad, y la prueba IRM nos ayuda a asegurarnos de que no hemos pasado nada por alto”, dice Carter. “Un estudio reciente mostró que cuando la IRM no halla cáncer, en realidad no había un cáncer ahí”.

 

Durante muchos años, Johns Hopkins fue el único centro para el cáncer que ofrecía la vigilancia activa. Eso ocurrió, en parte, porque el reembolso médico es un sistema de honorarios por los servicios prestados que favorece los procedimientos. Los urólogos de Johns Hopkins, muy posiblemente los mejores entrenados en el mundo, eran los únicos dispuestos a explorar la posibilidad de una opción mejor para algunos pacientes.

 

El respaldo de la Fundación del Cáncer de la Próstata (Prostate Cancer Foundation) y un aumento en la preocupación sobre el exceso de tratamientos, a raíz de la recomendación de la Comisión Preventiva de los EE.UU., está logrando que el tratamiento de “no dar tratamiento” reciba una nueva consideración.

 

La Fundación del Cáncer de la Próstata está trabajando para proveer a los pacientes más seguridad, y ha establecido la Red Nacional de Vigilancia Proactiva (National Proactive Surveillance Network), un sistema basado en el internet (NPSN.net) que provee educación acerca de la vigilancia activa y ayuda a los pacientes a encontrar médicos participantes. Pronto, los pacientes y los médicos podrán tener acceso seguro al sistema para introducir, revisar y hacer un seguimiento de sus propios datos. Los hombres que participen en la vigilancia activa podrán introducir todos sus datos de la prueba PSA y hacer un seguimiento de sus resultados personales para ver dónde se encuentran en comparación a otros participantes.

Tranquilidad al Nivel Molecular   

Sin embargo, cuando muchos hombres se enteran que tienen cáncer de la próstata, no se sienten tranquilos dejando el cáncer sin tratamiento. “Ellos necesitan una seguridad mayor, cuantificable, que les asegure que su cáncer no les va a hacer daño, y ahora no podemos dársela”, dice el investigador del cáncer de la próstata Srinivasan Yegnasubramanian. Él cree que si los médicos lograsen eliminar todas las dudas, eso cambiaría la mente y mejoraría en gran manera los resultados para los hombres. Él está trabajando para crear una prueba precisa, aplicable a la sangre o a la orina, que muestre evidencias biológicas claras que permitan distinguir los cánceres agresivos de la próstata de los que crecen lentamente, y que podrían dejarse en paz.   

Él dice que un puntaje Gleason es un barómetro excelente de la agresividad, pero su validez depende de la muestra. Ese puntaje es muy revelador para los hombres que han sufrido una prostatectomía, porque los patólogos tienen toda la próstata para examinarla. Cuando se toma una muestra de un tumor por medio de una biopsia, aunque ha mejorado mucho la tecnología, todavía es posible pasar por alto áreas críticas de un tumor, las cuales podrían ser claves para distinguir un cáncer inofensivo de uno peligroso. Eliminar esa incertidumbre constituye el meollo de las investigaciones de Yegnasubramanian.

Su prueba se basa en las alteraciones químicas de varias regiones específicas de los genes. Ellas ocurren sin causar mutaciones del ADN, pero pueden tener los mismos efectos como las mutaciones y acallar la función de genes supresores importantes. Esos cambios, llamados alteraciones epigenéticas, son indicadores de cáncer y, cuando aparecen o cuando comienzan a aumentar, pueden alertar a los médicos de un cáncer que está creciendo. Además, son muy comunes en el cáncer de la próstata. “En el cáncer de la próstata, las alteraciones epigenéticas pueden ocurrir con mayor frecuencia y consistencia que las mutaciones”, dice Yegnasubramanian.

Esas alteraciones no sólo sirven como indicadores del cáncer, sino que también son posibles blancos terapéuticos. A diferencia de las mutaciones, en las alteraciones epigenéticas los genes afectados no están ausentes, sino que cambios en el ambiente químico los acallan. De manera que los investigadores tienen la oportunidad de usar fármacos para revertir los genes a su función normal. Los indicadores epigenéticos pueden usarse para distinguir los cánceres de la próstata de desarrollo lento de los agresivos, controlar el progreso y recurrencia de los cánceres, y determinar si los tratamientos están dando resultados.

En años recientes, el paso de estos descubrimientos se ha acelerado mucho, gracias a una tecnología nueva denominada secuenciación de la próxima generación. Esa tecnología poderosa tiene la capacidad de secuenciar rápida y simultáneamente desde millones hasta miles de millones de moléculas de ADN. Por lo tanto, las investigaciones del cáncer que antes tomaban décadas, ahora pueden completarse en cosa de semanas. Yegnasubramanian es el director del Centro de Secuencias de la Próxima Generación del Centro del Cáncer Kimmel, ubicado en el Edificio de Investigaciones del Cáncer David H. Koch.

Él y su equipo están usando esta tecnología, junto con técnicas nuevas que ellos han desarrollado, para trazar un perfil de los cánceres de la próstata e identificar un perfil de marcadores epigenéticos únicos de los cánceres de la próstata que tienen un puntaje Gleason alto, y otro para caracterizar los cánceres que tienen un puntaje Gleason bajo. Una vez que identifiquen los marcadores específicos que distinguen tanto los cánceres agresivos como los de lento crecimiento, podrán adaptar la tecnología para hallarlos en la sangre y en la orina.

“Si hay una pregunta que podamos hacer para la cual los datos genómicos puedan ser útiles para informar quién debe recibir un tratamiento en particular y quién debe ser controlado, creo que podemos intentar contestarla”, dice Yegnasubramanian. “Para abordar estas preguntas, el programa del cáncer de la próstata tiene uno de los mejores equipos del mundo”. Aunque muchos centros están pensando acerca de estos problemas, dice Yegnasubramanian que Johns Hopkins ocupa una posición única para progresar, gracias a su solidez en la medicina traslacional. “Gozamos de una solidez pareja, tanto en la clínica como en el laboratorio”, él dice. “Ésta es una ventaja importante, que raras veces se encuentra en otros centros que llevan a cabo investigaciones del genoma. Algunos tienen la pieza investigadora, pero no tienen la solidez clínica que tenemos aquí. El tener ambas nos permite hacer la conexión crítica entre lo que hallamos en el laboratorio y lo que en realidad va a beneficiar a los pacientes”.

Para comprender mejor cómo las diferencias en el genoma y el epigenoma del cáncer de la próstata afectan los resultados de los tratamientos, Yegnasubramanian también está colaborando con Kenneth Kinzler, uno de los principales peritos del cáncer en el mundo; Stephen Baylin, un experto importante, líder en la epigenética; y los investigadores veteranos del cáncer de la próstata Michael Carducci y Mario Eisenberger. Su investigación ayudará a los médicos a tomar las decisiones correctas para tratar cada paciente individual que sufre del cáncer de la próstata.

En el cáncer de la próstata que recurre y se propaga después del tratamiento, la primera línea de acercamiento es la terapia de supresión hormonal (androgénica)—esencialmente cortar el suministro de hormonas que se cree está alimentando el cáncer. La mayoría de los hombres en esta etapa vive unos cuatro años. Sin embargo, nuestros investigadores han hallado que existen extremos en la supervivencia de los pacientes, y ellos pueden ofrecer pistas nuevas sobre la enfermedad. Algunos hombres progresan rápidamente y pueden morir durante el primer año de la recurrencia, pero otros parecen quedar curados por la terapia de supresión hormonal y viven años sin ninguna señal de una recurrencia del cáncer. Yegnasubramanian y su equipo creen que las razones de esas diferencias yacen escondidas dentro del genoma y el epigenoma del cáncer de la próstata, y esperan poder usar la potencia de la secuenciación de la próxima generación para descubrir las diferencias biológicas.

¿En qué se distingue el ADN del cáncer de los que viven mucho tiempo, del de los hombres en quienes progresa muy rápidamente? La respuesta permitiría que los clínicos dirigiesen terapias más intensivas a los hombres cuyo ADN del cáncer los predestina a responder menos a los tratamientos normales, y a dar menos terapia, o interrumpir completamente la terapia, para los hombres cuyo ADN del cáncer señala una remisión de largo plazo. Lo que aprendan acerca de los extremos de sus reacciones a los tratamientos, debería ayudar también a todos los hombres con cáncer de la próstata; porque arrojará luz sobre otros mecanismos que pueden ser utilizados para el tratamiento. Es probable que lo que descubran los investigadores acerca de las bases genéticas y epigenéticas de los extremos en los resultados terapéuticos del cáncer de la próstata, revelará información parecida acerca de otros cánceres.

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