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Promise and Progress - Transforming Prostate Cancer - cover story Spanish edition

Transforming Prostate Cancer
Issue No. 2013

Transforming Prostate Cancer - cover story Spanish edition

By: Valerie Mehl
Date: January 3, 2013


La Transformación del Cáncer de la Próstata

Detección, Diagnóstico y Tratamiento

Entre los cánceres, el de la próstata es algo raro. No se atiene a lo que los expertos ya saben en cuanto a la mejor manera de tratar la mayoría de los cánceres, es decir: Hallarlo pronto y tratarlo pronto. El cáncer de la próstata es distinto. Es posible que sea uno de los pocos cánceres con los cuales los seres humanos pueden vivir. En la mayoría de los casos, crece lentamente, y muchas veces aun cánceres en estado avanzado pueden ser controlados por años. Por otra parte, es un cáncer que mata a muchos hombres. Es la segunda causa principal de muerte entre los hombres. Entonces, el desafío consiste en distinguir el “buen” cáncer de la próstata del “malo”. Como resultado, es un modelo de la medicina personalizada para el cáncer, con el cual los urólogos, los científicos que estudian el cáncer y los médicos clínicos de Johns Hopkins abren el camino, utilizando la ciencia y la tecnología más avanzada para redefinir para el mundo a quiénes hacer la prueba preliminar, a quiénes tratar y a quiénes dejar en paz sin correr peligro.

Desde Dónde Hemos Venido; Hacia Dónde Vamos

En parte, podemos trazar la innovación que distingue el programa del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, al pensamiento iluminado de Patrick Walsh y Donald Coffey. Ellos marcaron la pauta que desafió tanto a los clínicos como a los investigadores a pensar más allá del statu quo; más allá de lo adecuado hasta alcanzar lo extraordinario. Walsh desarrolló una estrategia anatómica para la cirugía que salva el nervio. Por primera vez, se extirpaba y curaba el cáncer de la próstata sin causar efectos secundarios devastadores para los hombres. Los pacientes viajaban a Johns Hopkins de todo el mundo para someterse a la cirugía de Walsh, y los urólogos en formación se esforzaban por ir a Johns Hopkins para aprender la técnica pionera. Hoy en día, sigue siendo la cirugía que se lleva a cabo con mayor frecuencia en Johns Hopkins.

Iluminado y progresista, Walsh recopiló una extensa base de datos de miles de pacientes, y les dio seguimiento 30 años. Lo que él y otros aprendieron de esos hombres llegó a ser materia prima de laboratorio para el inquisitivo investigador con anteojos, Donald Coffey, quien comenzó a explorar la biología básica del cáncer de la próstata, y proveyó algunos de los primeros entendimientos sobre las variaciones sutiles y singulares del ADN del cáncer. Como Walsh, compartía lo que aprendía. Fue uno de los primeros profesores triples, un profesor consumado, quien inspiró a generaciones de investigadores no sólo a buscar respuestas, sino a formular preguntas que nunca antes se habían hecho.

Los que estudiaron bajo Walsh y Coffey llegaron a ser líderes en la investigación y el tratamiento del cáncer de la próstata en Johns Hopkins y alrededor del mundo. Walsh, un clínico, y Coffey, un científico básico, personificaron la colaboración entre el laboratorio y el paciente, el distintivo de la medicina de Johns Hopkins, y proveyó raíces firmes para el programa de cáncer de la próstata.

Por muchas razones, ésta es la edad dorada. Semejante al papel que juegan los abuelos en una familia, generaciones de clínicos e investigadores proveen una profundidad increíble al programa del cáncer de la próstata. Hoy en día, bajo la dirección de William Nelson, Director del Centro Oncológico Kimmel, Alan Partin, Director del Instituto Urológico Brady, y Theodore DeWeese, Director del Departamento de Oncología Radioterapéutica y Ciencias de la Radiación Molecular, los peritos de Johns Hopkins en una gran variedad de disciplinas, están en la vanguardia, preparados para transformar la manera cómo se detecta, diagnostica y trata el cáncer de la próstata.

Primeramente: No Causar Daño

El propósito de la detección precoz es hallar el cáncer temprano, para extirparlo o destruirlo antes de que cause daño. Eso tiene sentido para la mayoría de los cánceres. Sin embargo, el problema de la detección precoz del cáncer de la próstata es que a veces, especialmente en los hombres de mayor edad, los procedimientos diagnósticos y los tratamientos causan más daño que la enfermedad misma.

En el centro del dilema se encuentra la prueba del Antígeno Prostático Específico (Prostate Specific Antigen, PSA), la cual hace posible la detección precoz del cáncer de la próstata. Hace poco que la Comisión Preventiva de los EE.UU. (United States Preventive Task Force) recomendó que no se llevara a cabo la prueba PSA periódicamente para la detección precoz, porque afirman que los perjuicios son mayores que los beneficios. Su anuncio captó la atención de muchos. Sin embargo, lo cierto es que mucho antes de que la Comisión Preventiva diese su opinión, los expertos en Johns Hopkins habían estado evaluando la prueba y cambiando los estudios sistemáticos y el tratamiento del cáncer de la próstata.

 

“Hace mucho que sabemos que es posible que el uso de la prueba PSA cause mucho daño”, dice el urólogo H. Ballentine Carter, quien hace más de 20 años ha estado estudiando y evaluando la prueba en poblaciones grandes de hombres. Dicen Carter y otros expertos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins, que a pesar de la manera como se la ha caracterizado en los titulares recientes, de por sí la prueba PSA no es una prueba mala. El problema, dicen ellos, no es tanto la prueba PSA, sino la manera como se la usa.

 

A fines de los 1980, antes de que saliese a la venta la prueba del Antígeno Prostático Específico, o PSA, según ahora se la conoce, el cáncer de la próstata era fundamentalmente una enfermedad sin tratamiento. No había una manera de hallar el cáncer, y los hombres iban al médico únicamente después de haber comenzado a experimentar los síntomas, tales como dificultad al orinar o tener sangre en la orina.  A esas alturas, el cáncer ya había avanzado mucho, y no tenía cura. Se usaba la cirugía más que nada para aliviar los síntomas, tales como obstrucciones de la vejiga causadas por tumores, y con frecuencia dejaba a los hombres incontinentes e impotentes. Para el hombre con cáncer de la próstata, parecía que si el cáncer no le quitaba la vida, ciertamente le quitaría la calidad de su vida.

 

Por lo tanto, no ha de sorprender que cuando se desarrolló una prueba capaz de detectar el cáncer temprano, antes de que apareciese cualquier síntoma, esa prueba se usaría. Imagínese, dice Carter, si existiese una prueba tal para el cáncer del páncreas o del pulmón. Fuese o no un exceso en la detección, la gente se pondría en fila para obtener la prueba.

 

Sin haber ciencia para guiar cuándo debería comenzar el estudio sistemático del cáncer ni la frecuencia con la cual se debería llevar a cabo, el país emprendió la práctica de estudiar en exceso, detectar en exceso, y tratar ese cáncer en exceso, ofreciendo estudios gratuitos y presentando campañas de concientización que ayudaron a avivar la tendencia.

 

El resultado fue un aumento dramático en la incidencia del cáncer de la próstata, y la mayoría de los expertos acordó que muchos de los cánceres que fueron detectados nunca hubieran causado daño. Los médicos estaban hallando muchos cánceres de la próstata, pero los científicos de Johns Hopkins hallaron que muchos de ellos nunca causarían problemas. “Ahora”, dice Carter, “tenemos que tomar una estrategia más moderada”.

 

Él, con otros peritos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins, están volviendo a tomar en cuenta la ciencia médica, utilizando investigaciones sensatas para determinar la mejor manera de llevar a cabo las pruebas preliminares del cáncer de la próstata, y cómo averiguar cuáles cánceres de la próstata probablemente matan y cuáles son menos agresivos y, posiblemente, no requieran un tratamiento.

 

Estudios Sistemáticos Personalizados del Cáncer

 

Las cifras son asombrosas. Cada año, a 20 millones de hombres se les hace la prueba PSA. Muchos se someten a biopsias innecesarias, sufren complicaciones, tales como infección y sangramiento, y aún otros reciben cirugía, radiación, terapias con hormonas y tratamientos con medicamentos que tienen efectos secundarios desagradables. Menos de una tercera parte de 1 por ciento de todos esos hombres morirá a causa de la enfermedad. Dice Craig Pollack, investigador financiado por el Fondo de Compensación del Cigarrillo de Maryland (Maryland Cigarette Restitution Fund) y perito en la política de la salud, “Queda patente que para muchos hombres, los beneficios pueden ser escasos y los daños, importantes”. El desafío yace en descifrar de las masas, cuáles hombres sacarían provecho del estudio sistemático y cuáles no.

 

Abunda la confusión, dice Pollack. Si se les pregunta a los pacientes por qué se les hizo la prueba, dicen que es porque su médico se la recomendó. Si se les pregunta a los médicos por qué recomiendan la prueba, dicen que es porque sus pacientes la esperan. A pesar de que Pollack halla que la mayoría de los médicos de atención primaria a quienes él ha encuestado reconocen los problemas que conlleva el uso rutinario de la prueba PSA, no están seguros cómo explicarlos a sus pacientes.

 

“Queda patente que hay percepciones erróneas”, dice Pollack, “y debido a que la mayoría de las pruebas se hacen en la comunidad, tenemos que darles un instrumento para la toma de decisiones que les ayude a mejorar su práctica”.

 

Carter, Pollack, Elizabeth Platz, experta en la prevención y control del cáncer, y otros peritos del cáncer y de salud pública de Johns Hopkins, han desarrollado un instrumento tal. Es un sistema innovador, computarizado, que puede integrarse con los historiales clínicos de los pacientes. Los médicos comunitarios de Johns Hopkins en todo el estado de Maryland lo pondrán a prueba. Esperan que ayude a los médicos de cabecera a tratar el tema de la prueba del cáncer de la próstata con sus pacientes, de manera que orienten la prueba PSA a los que les pueda beneficiar, y no a los que no les aprovecharía.

 

El instrumento para la toma de decisiones toma en cuenta la edad y el historial clínico personal, junto con los resultados de pruebas PSA anteriores, y sirve de guía interactiva para los médicos cuando conversan con sus pacientes acerca de la prueba de evaluación para el cáncer de la próstata. Pollack y sus colegas hallaron que, a pesar de que la mayoría de los médicos dijo que tomaba en cuenta la edad y expectativa de vida al recetar la prueba PSA, muchos también dijeron que les era difícil calcular la expectativa de vida de sus pacientes, y que les agradaría recibir ayuda en esa área.

 

Dice Carter que el estudio sistemático con la prueba no es una talla única, igual para todos. Pollack reconoce que cambiar de una metodología tipo población, en la cual todos son estudiados, a un método individualizado y dirigido solamente a los que, según las buenas investigaciones, sacarían provecho, puede ser difícil. Pueden preocuparse los hombres a quienes no se les recomiende la prueba, especialmente si han sido estudiados en el pasado, y los médicos pueden preocuparse de posiblemente pasar por alto un cáncer. Sin embargo, Pollack dice que hay evidencias concluyentes que no es necesario que todos se sometan a la prueba anual. “Una metodología individualizada tiene sentido”, él dice. “Nuestra meta es demostrar que una metodología personalizada resulta en mejor atención y menos complicaciones con menos costo, y eso resulta bueno para todos”, dice Pollack.

 

Si un hombre entre 40 y 75 años de edad viene al consultorio, en vez de ofrecerle la prueba rutinaria, se les instará a los médicos a comentar con él los beneficios y riesgos posibles de la prueba PSA. El instrumento para la toma de decisiones incluye temas de conversación, que ayudan a orientar al médico sobre cómo hablar con sus pacientes en cuanto a los riesgos posibles y los beneficios de someterse a la prueba PSA. A los médicos también se les pedirá que expliquen los perjuicios y beneficios posibles de los tratamientos.

 

“La meta es disminuir las pruebas rutinarias, y finalmente también los tratamientos, para los individuos quienes sabemos, con certeza, no sacarán provecho, y aumentarlas en las personas que sí se beneficiarían”, dice Carter. Los hombres se han acostumbrado a anticipar que se les hará la prueba PSA como parte de su examen físico anual. Este instrumento ayuda a tratar las percepciones erróneas en cuanto a la prueba sistemática, y facilita las discusiones que ayudarán a los médicos y a sus pacientes a tomar decisiones mejor informadas. Carter ha llevado a cabo estudios grandes de poblaciones, en los cuales han participado miles de hombres, y los datos muestran en forma abrumadora que es más probable que los hombres mayores de 75 años de edad mueran con cáncer de la próstata que como resultado de él, particularmente si sufren de otros problemas de salud más apremiantes. Por lo tanto, esos hombres no sacarían provecho de la prueba PSA, y dice Carter que los médicos deberían explicárselo. William Nelson, director del Centro para el Cáncer Kimmel y perito del cáncer de la próstata, lo explica de esta manera: “Yo les digo a los hombres mayores de 75 años que están considerando someterse a la prueba rutinaria, ‘Usted no la necesita. Usted ya ganó. Para usted, el cáncer de la próstata no va a ser un problema’”. 

 

Si el médico y el paciente deciden que hacerse la prueba sería ventajoso, el instrumento también provee recomendaciones sobre cuándo y con cuánta frecuencia se debe repetir la prueba.

 

En vista de toda la confusión, el clínico Michael Carducci quiere cerciorarse de que los hombres que sufren del cáncer de la próstata comprendan que la polémica de la prueba PSA sólo se refiere a los estudios sistemáticos. Él dice que la prueba PSA sigue siendo un instrumento fundamental para controlar a los hombres que ya han sido diagnosticados, y para determinar si existe un problema médico en los hombres que tienen síntomas. “Si usted se levanta cinco veces por noche para ir al baño, si tiene sangre en la orina o sufre de disfunción eréctil, esto ya no es un estudio sistemático. Es un diagnóstico”, dice Carducci. “Es importante que los hombres comprendan la diferencia”.

 

Dar Tratamiento o No Dar Tratamiento

 

Parte del mayor potencial de la medicina personalizada yace en el uso de nuestros nuevos conocimientos sobre la biología del cáncer para hacer llegar el tratamiento correcto al paciente correcto. A veces, el tratamiento correcto puede ser no dar ningún tratamiento.

 

Una manera importante de disminuir el daño a los hombres es individualizar el manejo del cáncer de la próstata. La prueba PSA no es la única cosa responsable de los efectos adversos que los hombres han sufrido, sino lo que los médicos han hecho con la prueba PSA – más que nada han tratado la enfermedad en forma excesiva.  Una vez que se diagnostica a un hombre con cáncer, dice Carter, es importante que él sepa que los tratamientos invasivos no constituyen la única opción.

 

Los tratamientos para el cáncer de la próstata pueden incluir la extirpación quirúrgica de la próstata, la radiación, las terapias hormonales y la quimioterapia.  Cada uno de ellos conlleva la posibilidad de causar problemas serios, tales como la disfunción eréctil, la impotencia y la incontinencia urinaria, o daños al intestino. Queda claro que para muchos hombres el tratamiento es la mejor opción, y nuestros clínicos del cáncer de la próstata se cuentan entre los mejores del mundo. Los clínicos de Johns Hopkins no sólo han sido pioneros en remedios quirúrgicos, radioterapéuticos y farmacológicos para la enfermedad, sino que también han estado a la vanguardia de la estrategia de no dar ningún tratamiento. Se llama vigilancia activa – y la palabra clave es activa.

 

Aunque Carter es uno de los principales cirujanos del mundo para el cáncer de la próstata, él cree que a veces la mejor táctica para los hombres diagnosticados con una enfermedad de nivel bajo, es poner a un lado el bisturí. Desde 1995, esa estrategia ha sido el enfoque investigador del Instituto Urológico Brady en Johns Hopkins. Datos obtenidos de varios estudios grandes mostraron de manera inequívoca que muchos hombres con una enfermedad de nivel bajo nunca sufrirían perjuicios causados por su cáncer, pero podrían sufrir, y con demasiada frecuencia sufren, a causa del tratamiento. “Cada año, la mayoría de los hombres diagnosticados con cáncer de la próstata tiene más de 65 años, y el riesgo de morir como resultado de su enfermedad es bajo, si se aplaza el tratamiento”, dice Carter. “Sin embargo, es probable que más de 90 por ciento de esos hombres, incluyendo un 80 por ciento de los que tienen más de 75 años, elija algún tipo de tratamiento. La vigilancia activa aborda el tratamiento excesivo de las etapas más leves del cáncer de la próstata, especialmente en los de la tercera edad”.

 

A más o menos un 40 por ciento de los hombres se los diagnostica con una enfermedad de bajo riesgo, y para un número significativo de ellos, la vigilancia activa ofrece una manera de controlar su cáncer muy cuidadosamente, y les da la opción de demorar el tratamiento, mientras no progrese la enfermedad. Muchos de esos hombres nunca necesitarán un tratamiento, pero si lo llegan a necesitar, la vigilancia cuidadosa permite observar y tratar el cáncer creciente en tanto que aún sea curable.  Un modelo del Instituto Nacional del Cáncer (National Cancer Institute, NCI) que utiliza un simulacro computarizado para determinar los resultados para los pacientes, evaluó todos los datos de vigilancia activa de Carter, y los comparó con los datos de hombres que hubiesen calificado para la vigilancia activa, pero eligieron la cirugía. En el peor de los casos, el modelo del NCI halló que durante un período de 15 años, los hombres que eligieron la vigilancia activa podían ganar un promedio de siete años más sin recibir tratamiento y, en lo máximo, se arriesgaban a perder tres meses de vida.

 

Alex Cameron, un negociante de Pennsylvania, fue uno de los primeros que participó en la vigilancia activa. En 1999, cuando lo diagnosticaron con cáncer de la próstata, Cameron estaba a finales de los 50 años, y comenzó a explorar opciones, incluyendo la terapia de hormonas, la braquiterapia y la cirugía. Durante su investigación, se enteró de la estrategia de Carter de vigilancia activa y programó una cita. Él admite que con una esposa, tres hijas y ocho nietos por los cuales vivir, la idea de dejar el cáncer en paz lo preocupaba un poco a él y a sus seres queridos. El cáncer de la próstata de Cameron encajaba dentro de los parámetros para la vigilancia activa. Su puntuación Gleason era baja, y su cáncer crecía muy lentamente. “La vigilancia activa parecía ser un caso en que todos ganarían,” dice Cameron. Él dice que las biopsias regulares realizadas bajo anestesia local para controlar su cáncer constituían un inconveniente sin importancia, a cambio de su salud actual y libre de tratamientos. Dijo que también lo consolaba saber que cinco de los mejores patólogos mundiales del cáncer de la próstata estaban revisando las muestras de sus biopsias. Hoy en día, a los 71 años de edad, Cameron sigue activo y lleno de salud, seguro de que tomó la decisión correcta. “Para cualquier hombre en mi situación”, él dice, “la vigilancia activa es la mejor forma de proceder”.

 

Cameron es uno de más de 1.000 hombres que han participado en la vigilancia activa desde que Johns Hopkins comenzó a ofrecerla hace 16 años, y en la actualidad unos 600 participan. El participante promedio tiene 67 o más años de edad. Esta opción, dice Carter, es para los hombres que probablemente vivirán sus vidas naturales sin sufrir perjuicios del cáncer de la próstata. En otras palabras, el cáncer de la próstata no los va a matar. Cada seis meses se les hace un examen rectal y la prueba PSA, como también una biopsia anual para controlar su cáncer cuidadosamente. Más recientemente, Carter ha añadido IRM (imagen por resonancia magnética) a la vigilancia. “Sabemos que en algunos hombres existe la posibilidad de subestimar el alcance de la enfermedad, y la prueba IRM nos ayuda a asegurarnos de que no hemos pasado nada por alto”, dice Carter. “Un estudio reciente mostró que cuando la IRM no halla cáncer, en realidad no había un cáncer ahí”.

 

Durante muchos años, Johns Hopkins fue el único centro para el cáncer que ofrecía la vigilancia activa. Eso ocurrió, en parte, porque el reembolso médico es un sistema de honorarios por los servicios prestados que favorece los procedimientos. Los urólogos de Johns Hopkins, muy posiblemente los mejores entrenados en el mundo, eran los únicos dispuestos a explorar la posibilidad de una opción mejor para algunos pacientes.

 

El respaldo de la Fundación del Cáncer de la Próstata (Prostate Cancer Foundation) y un aumento en la preocupación sobre el exceso de tratamientos, a raíz de la recomendación de la Comisión Preventiva de los EE.UU., está logrando que el tratamiento de “no dar tratamiento” reciba una nueva consideración.

 

La Fundación del Cáncer de la Próstata está trabajando para proveer a los pacientes más seguridad, y ha establecido la Red Nacional de Vigilancia Proactiva (National Proactive Surveillance Network), un sistema basado en el internet (NPSN.net) que provee educación acerca de la vigilancia activa y ayuda a los pacientes a encontrar médicos participantes. Pronto, los pacientes y los médicos podrán tener acceso seguro al sistema para introducir, revisar y hacer un seguimiento de sus propios datos. Los hombres que participen en la vigilancia activa podrán introducir todos sus datos de la prueba PSA y hacer un seguimiento de sus resultados personales para ver dónde se encuentran en comparación a otros participantes.

Tranquilidad al Nivel Molecular   

Sin embargo, cuando muchos hombres se enteran que tienen cáncer de la próstata, no se sienten tranquilos dejando el cáncer sin tratamiento. “Ellos necesitan una seguridad mayor, cuantificable, que les asegure que su cáncer no les va a hacer daño, y ahora no podemos dársela”, dice el investigador del cáncer de la próstata Srinivasan Yegnasubramanian. Él cree que si los médicos lograsen eliminar todas las dudas, eso cambiaría la mente y mejoraría en gran manera los resultados para los hombres. Él está trabajando para crear una prueba precisa, aplicable a la sangre o a la orina, que muestre evidencias biológicas claras que permitan distinguir los cánceres agresivos de la próstata de los que crecen lentamente, y que podrían dejarse en paz.   

Él dice que un puntaje Gleason es un barómetro excelente de la agresividad, pero su validez depende de la muestra. Ese puntaje es muy revelador para los hombres que han sufrido una prostatectomía, porque los patólogos tienen toda la próstata para examinarla. Cuando se toma una muestra de un tumor por medio de una biopsia, aunque ha mejorado mucho la tecnología, todavía es posible pasar por alto áreas críticas de un tumor, las cuales podrían ser claves para distinguir un cáncer inofensivo de uno peligroso. Eliminar esa incertidumbre constituye el meollo de las investigaciones de Yegnasubramanian.

Su prueba se basa en las alteraciones químicas de varias regiones específicas de los genes. Ellas ocurren sin causar mutaciones del ADN, pero pueden tener los mismos efectos como las mutaciones y acallar la función de genes supresores importantes. Esos cambios, llamados alteraciones epigenéticas, son indicadores de cáncer y, cuando aparecen o cuando comienzan a aumentar, pueden alertar a los médicos de un cáncer que está creciendo. Además, son muy comunes en el cáncer de la próstata. “En el cáncer de la próstata, las alteraciones epigenéticas pueden ocurrir con mayor frecuencia y consistencia que las mutaciones”, dice Yegnasubramanian.

Esas alteraciones no sólo sirven como indicadores del cáncer, sino que también son posibles blancos terapéuticos. A diferencia de las mutaciones, en las alteraciones epigenéticas los genes afectados no están ausentes, sino que cambios en el ambiente químico los acallan. De manera que los investigadores tienen la oportunidad de usar fármacos para revertir los genes a su función normal. Los indicadores epigenéticos pueden usarse para distinguir los cánceres de la próstata de desarrollo lento de los agresivos, controlar el progreso y recurrencia de los cánceres, y determinar si los tratamientos están dando resultados.

En años recientes, el paso de estos descubrimientos se ha acelerado mucho, gracias a una tecnología nueva denominada secuenciación de la próxima generación. Esa tecnología poderosa tiene la capacidad de secuenciar rápida y simultáneamente desde millones hasta miles de millones de moléculas de ADN. Por lo tanto, las investigaciones del cáncer que antes tomaban décadas, ahora pueden completarse en cosa de semanas. Yegnasubramanian es el director del Centro de Secuencias de la Próxima Generación del Centro del Cáncer Kimmel, ubicado en el Edificio de Investigaciones del Cáncer David H. Koch.

Él y su equipo están usando esta tecnología, junto con técnicas nuevas que ellos han desarrollado, para trazar un perfil de los cánceres de la próstata e identificar un perfil de marcadores epigenéticos únicos de los cánceres de la próstata que tienen un puntaje Gleason alto, y otro para caracterizar los cánceres que tienen un puntaje Gleason bajo. Una vez que identifiquen los marcadores específicos que distinguen tanto los cánceres agresivos como los de lento crecimiento, podrán adaptar la tecnología para hallarlos en la sangre y en la orina.

“Si hay una pregunta que podamos hacer para la cual los datos genómicos puedan ser útiles para informar quién debe recibir un tratamiento en particular y quién debe ser controlado, creo que podemos intentar contestarla”, dice Yegnasubramanian. “Para abordar estas preguntas, el programa del cáncer de la próstata tiene uno de los mejores equipos del mundo”. Aunque muchos centros están pensando acerca de estos problemas, dice Yegnasubramanian que Johns Hopkins ocupa una posición única para progresar, gracias a su solidez en la medicina traslacional. “Gozamos de una solidez pareja, tanto en la clínica como en el laboratorio”, él dice. “Ésta es una ventaja importante, que raras veces se encuentra en otros centros que llevan a cabo investigaciones del genoma. Algunos tienen la pieza investigadora, pero no tienen la solidez clínica que tenemos aquí. El tener ambas nos permite hacer la conexión crítica entre lo que hallamos en el laboratorio y lo que en realidad va a beneficiar a los pacientes”.

Para comprender mejor cómo las diferencias en el genoma y el epigenoma del cáncer de la próstata afectan los resultados de los tratamientos, Yegnasubramanian también está colaborando con Kenneth Kinzler, uno de los principales peritos del cáncer en el mundo; Stephen Baylin, un experto importante, líder en la epigenética; y los investigadores veteranos del cáncer de la próstata Michael Carducci y Mario Eisenberger. Su investigación ayudará a los médicos a tomar las decisiones correctas para tratar cada paciente individual que sufre del cáncer de la próstata.

En el cáncer de la próstata que recurre y se propaga después del tratamiento, la primera línea de acercamiento es la terapia de supresión hormonal (androgénica)—esencialmente cortar el suministro de hormonas que se cree está alimentando el cáncer. La mayoría de los hombres en esta etapa vive unos cuatro años. Sin embargo, nuestros investigadores han hallado que existen extremos en la supervivencia de los pacientes, y ellos pueden ofrecer pistas nuevas sobre la enfermedad. Algunos hombres progresan rápidamente y pueden morir durante el primer año de la recurrencia, pero otros parecen quedar curados por la terapia de supresión hormonal y viven años sin ninguna señal de una recurrencia del cáncer. Yegnasubramanian y su equipo creen que las razones de esas diferencias yacen escondidas dentro del genoma y el epigenoma del cáncer de la próstata, y esperan poder usar la potencia de la secuenciación de la próxima generación para descubrir las diferencias biológicas.

¿En qué se distingue el ADN del cáncer de los que viven mucho tiempo, del de los hombres en quienes progresa muy rápidamente? La respuesta permitiría que los clínicos dirigiesen terapias más intensivas a los hombres cuyo ADN del cáncer los predestina a responder menos a los tratamientos normales, y a dar menos terapia, o interrumpir completamente la terapia, para los hombres cuyo ADN del cáncer señala una remisión de largo plazo. Lo que aprendan acerca de los extremos de sus reacciones a los tratamientos, debería ayudar también a todos los hombres con cáncer de la próstata; porque arrojará luz sobre otros mecanismos que pueden ser utilizados para el tratamiento. Es probable que lo que descubran los investigadores acerca de las bases genéticas y epigenéticas de los extremos en los resultados terapéuticos del cáncer de la próstata, revelará información parecida acerca de otros cánceres.

Probar un Negativo

Hay un dicho antiguo, “No es posible probar un negativo”. En este dilema se encuentra el núcleo de la creación de mejores pruebas, que limiten la necesidad de procedimientos invasivos para evaluar y diagnosticar el cáncer de la próstata. ¿Cómo podríamos usar los descubrimientos científicos para probar la ausencia del cáncer con la misma certeza como probamos la existencia del cáncer?  

 

A pesar de los problemas, Alan Partin, director del Instituto Urológico Brady, y otros peritos del cáncer de la próstata dicen que la prueba PSA es un instrumento inestimable para ayudar a controlar a los hombres que ya han sido diagnosticados y, a pesar de sus limitaciones, sigue siendo útil para diagnosticar el cáncer de la próstata. Dice Partin que con un poco de ayuda, podría ser aún mejor.

 

Durante toda su carrera, Partin acumuló muestras de sangre, orina y suero de sus pacientes, y creó el mayor depósito biológico de la próstata en el mundo. Avanzó grandemente el entendimiento del cáncer de la próstata, y ha sido fundamental en su esfuerzo por desarrollar pruebas para detectar marcadores biológicos capaces de realzar la prueba PSA. Las pruebas, dice, podrían ayudar a diagnosticar el cáncer de la próstata, sin someter a los hombres a repetidas biopsias. La prueba PSA detecta el cáncer, pero también detecta muchas otras cosas. “Necesitamos una prueba que, cuando dé negativa, sepamos que el paciente está bien. Cuando dé positiva, queremos tener la confianza de que en realidad es positiva. No queremos seguir haciendo cuatro biopsias para hallar el cáncer específico que estamos buscando”, dice Partin, titular de la cátedra de urología David Hall McConnell.

 

Una prueba positiva de PSA sólo indica que un hombre puede tener cáncer de la próstata. En la actualidad la única manera de saber con certeza es hacer una biopsia del cáncer, un proceso en el cual se inserta una aguja en el tumor por el recto, guiada por ultrasonido y, más recientemente, por IRM y otras tecnologías por imágenes. A pesar de que los ingenieros e investigadores del cáncer de Johns Hopkins han abierto el camino para el desarrollo de nuevas tecnologías que [Para ver informes exclusivos y una versión para IPad, vea el enlace al artículo de Song/Stoinavici en el número “Engineering Cures” (La Ingeniería Cura) sobre las biopsias hechas con la asistencia de robots.] logran que las biopsias de los tumores de la próstata sean extraordinariamente precisas, todavía se les hacen biopsias repetidas a muchos hombres para confirmar o refutar un cáncer. Cada biopsia conlleva el riesgo de sangramiento e infección. Partin cree que una nueva prueba de la orina, basada en un descubrimiento genético del científico William Isaacs del laboratorio del Instituto Brady, puede ayudar a disipar algo de la incertidumbre y limitar la necesidad de múltiples biopsias.

 

A diferencia de la prueba PSA, esta prueba nueva de orina basada en los genes, denominada PCA3, sólo detecta el cáncer de la próstata, pero también tiene sus limitaciones. Aunque PCA3 eclipsa la PSA en su especificidad al cáncer de la próstata, no tiene la misma sensibilidad, por lo tanto es posible que no detecte algunos cánceres. Por otra parte, la prueba PSA es muy sensible—bastante eficaz para detectar anormalidades en la próstata—incluyendo (pero sin limitarse al) cáncer. En combinación, las dos pruebas mutuamente compensan sus fallos y, como resultado, tienen la posibilidad de detectar un cáncer con mucha precisión. Si a un hombre le resulta un puntaje elevado con la prueba PSA, pero una biopsia no muestra cáncer, dice Partin que la prueba PCA3 puede servir como el fallo definitivo. “Si una prueba PCA3 resulta negativa, puede estar confiado que es probable que el paciente no tenga cáncer de la próstata. Si resulta positiva, entonces es probable que lo tenga”, explica Partin. “Añade otro dato informativo para ayudarnos a diagnosticar mejor el cáncer de la próstata y con más seguridad”.  

 

Partin también está trabajando con una prueba llamada AccuPSA, para controlar algo llamado recurrencia bioquímica después de una cirugía, en los pacientes con cáncer de la próstata. La prueba usa estrategias nuevas de la nanotecnología para medir valores del PSA 1.000 veces menores de lo que mide una prueba PSA estándar. Un puntaje del PSA que va en aumento sin verse ningún tumor, se considera una recurrencia bioquímica, y le advierte a los clínicos que pueden quedar células cancerosas en la próstata, y eso aumenta la probabilidad de que el cáncer finalmente regrese y se propague. 

 

Durante cinco años después de una prostatectomía, Partin y su equipo estudiaron muestras de sangre de 31 hombres cuyos resultados de la prueba PSA, conforme a la prueba estándar, no eran detectables. En una tercera parte de los hombres, el puntaje PSA comenzó a elevarse, y cuando Partin aplicó AccuPSA a las muestras de su sangre, halló que en esa tercera parte de los hombres que tuvieron una recurrencia bioquímica, se detectó un aumento pequeño pero mensurable en su PSA sólo tres meses después de su cirugía. En los otros hombres, un 75 por ciento mostraba niveles del AccuPSA más bajos que los de los hombres que habían recurrido. El estudio pequeño permitió que Partin y su equipo determinasen un umbral para AccuPSA que, pocos meses después de una cirugía, podía ayudarles a distinguir los hombres cuyo cáncer había sido eliminado completamente de los que todavía podían tener algunas células cancerosas que los podría poner en riesgo de una recurrencia del cáncer durante los años inmediatamente después de su cirugía. 

 

Dice Partin que para manejar el cáncer de la próstata, es esencial identificar cuáles hombres tienen cánceres que probablemente se curen con los tratamientos estándar, y cuáles hombres tienen cánceres destinados a volver y propagarse. 

 

Separar lo “Bueno” de lo “Malo”

 

Las complejidades del manejo del cáncer de la próstata van más allá del conflicto en torno a la prueba PSA. Los expertos en el cáncer de la próstata han llegado a ser muy diestros en la separación de los cánceres agresivos de los que no son agresivos. El puntaje Gleason, establecido primeramente en la década de los 1950 y más tarde refinado por Jonathan Epstein, patólogo de Johns Hopkins, clasifica la naturaleza del cáncer de la próstata con una escala de seis a diez. Un puntaje Gleason de 6 representa un cáncer de menos riesgo; de siete a diez significa que el cáncer es más peligroso. O sea, cuánto más bajo sea el número, mejor. Dicen nuestros expertos que cuando se lo evalúa junto con las pruebas PSA (Antígeno Prostático Específico), los resultados de las biopsias, y el tamaño del tumor, da buenos resultados para guiar el tratamiento. 

 

Edward Schaeffer, ocupado como uno de los cirujanos del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, ha observado de primera mano que, a pesar de que la cirugía cura a muchos de sus pacientes, a algunos el cáncer les regresa inexplicablemente. Él está trabajando en su laboratorio para hallar cómo identificar a esos pacientes y desarrollar tratamientos nuevos para evitar que el cáncer regrese.

 

Para descifrar las pistas sobre el crecimiento anormal de las células que ocasiona el crecimiento y propagación del cáncer de la próstata, Schaeffer identificó, y se enfoca en, un grupo de genes que regula y controla el desarrollo normal de la próstata. Él propuso y después mostró que los genes que controlan el movimiento e invasión de las células de la próstata durante el desarrollo normal de la próstata, vuelven a tornarse activos en los cánceres de la próstata. El trabajo de Schaeffer aún no ha revelado qué es lo que vuelve a activar esos genes invasores, pero ha encontrado que el proceso molecular está conectado con los cánceres de la próstata más agresivos. Este hallazgo prometedor no sólo le permite precisar cuáles son los pacientes cuyos cánceres están destinados a volver después de la cirugía, pero también revela un nuevo blanco posible para el tratamiento.

 

El equipo del laboratorio de Schaeffer, dirigido por Paula Hurley, tiene interés especial en un gen llamado SPARCL1, capaz de pronosticar acertadamente si un tumor, al parecer localizado, va a regresar y propagarse unos pocos años después de la cirugía. La próstata normal tiene niveles altos de expresión del gen SPARCL1, el cual controla las células, impidiendo que se desplacen y se muevan. Los niveles bajos de SPARCL1 permiten que las células se muevan bien, y sirve como una banderilla biológica roja que el cáncer va a regresar con ganas.  

 

En la actualidad, el puntaje Gleason se usa para identificar los cánceres de la próstata más agresivos. Por ejemplo, un 30 por ciento o más de los pacientes que tienen un puntaje Gleason de siete o más corren el mayor riesgo de que su cáncer regrese. Desgraciadamente, en este momento no hay una manera de diferenciar los pacientes que han sido curados por la cirugía de los que sufren de un cáncer que va a regresar. Al parecer, la respuesta yace en medir la expresión del gen SPARCL1 en el momento de hacerse la cirugía. Además, la investigación de Schaeffer indica que el gen SPARCL1 también puede jugar un papel en la predicción de la recurrencia de varios otros tumores, incluyendo cánceres de la vejiga, pecho, colon, recto, lengua, pulmón, piel y ovarios.

 

Ahora, Schaeffer trabaja para descifrar el mecanismo específico que controla el gen, con la esperanza de poder desarrollar un tratamiento que pueda reajustar el gen SPARCL1 a la normalidad y evitar que los cánceres regresen.

 

El Caso para el Asunto Obvio

 

El sistema quirúrgico de robot da Vinci ha logrado que una cirugía robótica mínimamente invasiva llegue a ser conocida comúnmente, y ha llegado a ser una herramienta favorita de mercadeo para los hospitales generales en todo el país.

 

El sistema da Vinci hace alardes de incisiones más pequeñas, menos dolor, estadías más cortas en el hospital y menos tiempo de recuperación para los pacientes. Eso es verdad en ciertos casos. Sin embargo, en el caso de la prostatectomía, no todos están de acuerdo. Los cirujanos de la próstata, como Alan Partin, H. Ballentine Carter, Edward Schaeffer y muchos otros urólogos que aprendieron a hacer las prostatectomías bajo la dirección del pionero, Patrick Walsh, el modelo indiscutible de cómo se deben hacer, no necesitan la ayuda de da Vinci. Por otra parte, los robots pueden ser muy útiles para los cirujanos que no tienen la habilidad de llevar a cabo prostatectomías de cirugía abierta al estilo Walsh.

 

En lo que al cáncer de la próstata se refiere, a los hombres les puede ser difícil distinguir la buena mercadotecnia de la buena medicina. Advierte John Wong, un médico físico del Centro del Cáncer Kimmel, quien ha inventado varios dispositivos relacionados al cáncer, que los pacientes oyen anuncios en cuanto a una máquina u otra, y creen que si su médico no la usa, no está ejerciendo buena medicina. Él dice que muchas afirmaciones carecen de pruebas científicas que las respalden.

 

Partin concuerda, diciendo que Johns Hopkins siempre evalúa los métodos nuevos desde un punto de vista basado en pruebas científicas. “Usábamos el robot da Vinci mucho antes de que fuese famoso”, dice Partin. “Pero, nosotros sacamos el mercadeo y las ganancias de la ecuación, y miramos a lo que en realidad resulta mejor para los pacientes”.

 

Los investigadores del Centro para Sistemas Quirúrgicos Integrados por Computadora de Johns Hopkins (Johns Hopkins Center for Computer-Assisted Surgical Systems) han ayudado a desarrollar algo de la tecnología que usa el sistema da Vinci, la cual emplea la robótica, sensores, dispositivos por imágenes y sistemas de orientación para hacer interfaz y ayudar a los cirujanos mientras hacen intervenciones. Mohamad Allaf, ingeniero biomédico y urólogo de Brady, trabaja con esos científicos, y dirige las cirugías urológicas y mínimamente invasivas por robot. Johns Hopkins fue una de las primeras instituciones clínicas que integró los robots en la cirugía urológica, y a Allaf se lo considera como uno de los expertos destacados mundialmente. Él circunda el globo dando demostraciones y entrenando a otros cirujanos en la prostatectomía robótica, la nefrectomía (riñones) y otras cirugías urológicas. Como otros cirujanos de Brady, Allaf es hábil tanto en llevar a cabo intervenciones abiertas, como en las que se hacen con un robot; sin embargo, debido a la demanda continua de pacientes que desean una intervención mínimamente invasiva y a su labor innovando la próxima generación de robots para la medicina, ése es su enfoque.

 

En lo que a la prostatectomía se refiere, dice Partin que es un empate. Los estudios muestran que cuando cirujanos entrenados llevan a cabo las intervenciones abiertas y las que se hacen con robot, resultan igualmente buenas, y en realidad no hay gran diferencia en cuanto al dolor o la recuperación.

 

La clave yace en el entrenamiento. Dice Schaeffer que los pacientes deben comprender que el robot no es tan importante como el individuo que lo dirige. Él dice que es probable que los urólogos de Johns Hopkins sean los mejores del mundo, tanto en las cirugías abiertas como en las que incluyen la ayuda de un robot. Las demandas de los pacientes apoyan esta aseveración. Los urólogos de Johns Hopkins son los más solicitados; llevan a cabo centenares de prostatectomías más que cualquier otro hospital en el mundo.   Su récord es excelente; en 90 por ciento de los casos no sólo sacan todo el cáncer visible, sino que conservan la función sexual y urinaria. Dice Schaeffer que algunos hombres prefieren la estrategia quirúrgica mínimamente invasiva. Por lo tanto, a menos que el tumor sea grande y abultado, o tenga otras características que exigen una intervención abierta, por lo general deja que el paciente tome la decisión. Es aquí donde la pericia de los urólogos de Johns Hopkins, expertos en ambos tipos de cirugías, marca la diferencia. Debido a que ellos no están limitados a una u otra, pueden seleccionar la estrategia que mejor convenga al cáncer individual de cada paciente.

 

Radioterapia Dirigida

 

Un nuevo tipo de radioterapia dirigida, conocida como la radioterapia con protones, se enfoca en los tumores con mucha precisión. Mientras aumenta los daños a las células cancerosas, minimiza la exposición de los tejidos y órganos saludables. Con razón, su precisión y seguridad la han hecho el estándar de atención para los tumores pediátricos, los tumores del cerebro, de la espina dorsal y el ojo, y los cánceres de los pulmones, cabeza y cuello, y de los huesos (sarcomas). Sin embargo, el cáncer que más comúnmente se trata con la radioterapia con protones es el cáncer de la próstata. Entre los peritos del cáncer de la próstata, ese uso generalizado ha causado preocupación; porque en la actualidad no hay pruebas que muestren que la terapia con protones sea más segura o más eficaz que otros tipos de radioterapia. Muchos expertos en el cáncer sospechan que los números elevados de pacientes con cáncer de la próstata explican la tendencia. El equipo para la terapia con protones es caro, y puede ser que muchas instalaciones, especialmente las que tienen ánimo de lucro, la recomienden a sus pacientes para asegurarse de tener ingresos constantes. En la actualidad, el Centro del Cáncer Kimmel está trazando planes para incluir una instalación para la terapia con protones en su campus en Washington, D.C. Esos planes incluyen la ciencia básica importante y los estudios clínicos que ayuden a solucionar el conflicto científico en torno a los beneficios de la terapia con protones para el tratamiento del cáncer de la próstata, con investigaciones basadas en evidencias. 

Ayuda a los Pacientes a Tomar la Decisión Más Acertada

Los peritos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins han sido pioneros en terapias, pruebas diagnósticas, técnicas por imágenes y descubrimientos en ciencias básicas. Sin embargo, aquello en lo que Schaeffer y sus colegas urólogos y oncólogos de Johns Hopkins más se enorgullecen es, en proveer planes de tratamiento individualizados para cada paciente, bien sea cirugía, radioterapia, terapia con hormonas, vigilancia activa o una combinación de esas estrategias.

Schaeffer, el oncólogo clínico Charles Drake, y Danny Song, oncólogo por radiaciones, codirigen una clínica a la cual llegan pacientes de todo el mundo, para que los líderes en ese ramo verifiquen sus cánceres de la próstata. Algunos hombres tienen la enfermedad localizada, y no saben cuál sea el mejor tratamiento. Otros tienen cánceres más agresivos, y se les ha dicho que no son tratables. Una vez que el equipo de Johns Hopkins, el cual incluye radiólogos y patólogos, como Jonathan Epstein, el patólogo experto en el cáncer de la próstata más buscado en el mundo, haya examinado a los pacientes que llegan a la clínica, a más o menos una cuarta parte de ellos se les cambia el grado o etapa del cáncer. La mayor parte de las veces, los pacientes reciben mejores noticias de las que recibieron al principio. Al terminar el día, el equipo de expertos ya habrá preparado opciones y planes de tratamiento para ellos.

Dice Schaeffer, “Ofrecemos un servicio basado en nuestra vasta experiencia, que provee el tratamiento más apropiado para cada paciente. La gente viene a nuestra clínica después de oír que necesitan una cirugía, y se sienten aliviados al enterarse de que les ofrecemos una alternativa a la cirugía. De la misma manera vienen hombres a nuestra clínica, porque se les ha dicho que no pueden operarse, y nosotros los curamos”, él dice. Él recuerda un paciente en particular. Tenía 47 años de edad y se le había dicho que su cáncer no tenía cura. Fue a la clínica del cáncer de la próstata, donde Schaeffer y su equipo elaboraron un plan que incluía la cirugía y la radioterapia. El paciente sigue bien hasta el día de hoy.

¿Por qué es que los expertos de Johns Hopkins ofrecen a los pacientes tratamientos que otros hospitales no pueden ofrecer? “La experiencia técnica aquí es mejor que en cualquier otro sitio en el mundo”, dice Schaeffer. “Pero, de igual importancia, sabemos cómo, cuándo y con quién emplear esa pericia. Esta estrategia personalizada es la esencia de la Clínica Multidisciplinaria para el Cáncer de la Próstata, y nosotros lo hacemos mejor que casi cualquiera”.

La Ciencia, las poblaciones y el cáncer de la próstata

Los Fármacos para el Colesterol Son Buenos para la Cardiopatía y el Cáncer de la Próstata

Los estudios de poblaciones en Johns Hopkins han mostrado que los hombres que toman fármacos que rebajan el colesterol, conocidos como estatinas, corren un riesgo mucho menor de desarrollar un cáncer avanzado de la próstata. El médico y científico Phuoc Tran ha regresado al laboratorio para ver por qué. Él sospecha que esos fármacos bloquean la actividad de un gen importante llamado c-myc, que estimula el crecimiento del cáncer, y con estudios de laboratorio demostró que, efectivamente, las dosis altas de estatinas disminuyen la actividad del c-myc. Ahora, Tran, un oncólogo por radiaciones y perito en el oncogén c-myc, ha iniciado un ensayo clínico, colaborando con el urólogo Edward Schaeffer, para verificar lo que observó en el laboratorio en pacientes con cáncer de la próstata. Si logra confirmar sus conclusiones, podría abrir la puerta a estrategias para tratamientos que podrían mejorar los resultados de las cirugías o radioterapias. De manera similar, las estrategias preventivas basadas en las estatinas podrían inmovilizar el cáncer en una etapa sin peligro, y posiblemente impedir que recurra en absoluto.

Elizabeth Platz es una científica de la demografía. Ella utiliza cuestionarios, registros y muestras biológicas para estudiar a los hombres—lo que hacen y lo que no hacen—y  aplica lo que ve al cáncer de la próstata. Por ejemplo, su estudio sin precedentes de casi 5.600 hombres de 55 o más años de edad, halló que los que tenían un nivel de colesterol normal o bajo, corrían un riesgo 60 por ciento menor de desarrollar un cáncer agresivo (de alto grado) de la próstata, que los hombres que tenían niveles limítrofes y elevados. En un estudio anterior, ella observó que los hombres que usaban fármacos que bajan el colesterol, conocidos como estatinas, corrían un riesgo menor de desarrollar un cáncer agresivo de la próstata.

Parecía haber una conexión—el pronóstico de los hombres con menos colesterol y el de los hombres que usaban fármacos que rebajaban el colesterol era mejor, lo cual disminuía su riesgo de desarrollar un tipo de cáncer de la próstata más agresivo. Para determinar por qué ella encuentra las cosas que encuentra, Platz, catedrática en la prevención y control del cáncer, patrocinada por Martin D. Abeloff, se dirige a su laboratorio y a los colegas en las ciencias clínicas para descubrir las respuestas, y viceversa.

William Nelson, profesor patrocinado por Marion I. Knott, y director del Centro del Cáncer Kimmel, junto con el investigador Srinivasan Yegnasubramanian, trabajó con el investigador Jun Liu, quien ha armado un depósito de más de 3.000 medicamentos aprobados por la Administración de Alimentos y Fármacos de los EE.UU. (FDA), con la esperanza de identificar algunos fármacos comunes que no se usan contra el cáncer que puedan ser eficaces contra el cáncer de la próstata. Cuando examinaron células de la próstata humana contra la colección de fármacos, dos de los primeros 15 resultados eran drogas estatinas. Una de ellas era Digoxina, un fármaco algo antiguo que antes se usaba comúnmente para tratar la insuficiencia cardíaca congestiva.

Los científicos están buscando nuevas maneras de contener los costos del descubrimiento de fármacos, un esfuerzo en el cual se pueden gastar mil millones de dólares para llevar un fármaco al mercado. En cuanto a la mayoría de los fármacos, sólo se logra su promesa, o su inutilidad, después de años de investigaciones costosas. Como director de un centro del cáncer, Nelson comprende que los investigadores del cáncer tienen que obtener mejores resultados. Él se imaginó una estrategia de dos fases para ver si lo que él, Yegnasubramanian, y Liu hallaron en los estudios de laboratorio de las células cancerosas de la próstata, sería confirmado o refutado por lo que había observado Platz en los hombres. Platz, con sus colegas epidemiólogos, hicieron seguimiento a casi 50.000 hombres, y compararon los que usaban Digoxina con los que no usaban Digoxina, y hallaron que los hombres que tomaban el fármaco corrían un riesgo 25 por ciento menor de desarrollar cáncer de la próstata que los que no lo tomaban. Ahora, el equipo tenía pruebas de laboratorio que la Digoxina detenía el crecimiento de las células cancerosas de la próstata, y también un estudio de poblaciones que había hallado un riesgo apreciablemente menor de contraer el cáncer de la próstata entre los hombres que tomaban ese fármaco.

No era probable que fuese una casualidad. El obtener los mismos resultados dos veces, una en los estudios de laboratorio, y otra en el estudio de las poblaciones, eliminó la probabilidad de que los resultados que estaban hallando habían ocurrido al azar. Los peritos en el cáncer de la próstata de Johns Hopkins y alrededor del mundo juzgaron que la estrategia de laboratorio y de poblaciones que tomaron Nelson y su equipo era bastante ingeniosa. La combinación de los dos tipos de investigaciones ayudó a asegurar que los investigadores no estaban perdiendo tiempo ni recursos limitados en un callejón sin salida. Armados con buenas pruebas de que el fármaco para el corazón en realidad tiene propiedades anticancerígenas, ahora los investigadores están trabajando para descifrar precisamente cómo es que funciona en el cáncer de la próstata.

La Digoxina tiene varios efectos secundarios, pero dice Nelson que si averiguan cómo funciona, podrán desarrollar o identificar otro fármaco que pueda tratar o aun prevenir de una manera segura el cáncer de la próstata. 

Un Viaje por Tren y los Telómeros

En 2004, montados en el tren de regreso de una reunión sobre el cáncer de la próstata, los investigadores Alan Meeker, Angelo De Marzo y Elizabeth Platz entusiasmados hicieron planes para la fase siguiente de su estudio revolucionario del cáncer de la próstata.  

De Marzo es uno de los mejores patólogos del cáncer de la próstata del mundo, pero lo que él no lograba descifrar era por qué los hombres cuyos cánceres eran muy parecidos bajo el microscopio, con frecuencia tenían resultados muy diferentes en la clínica.

De Marzo y Platz se preguntaban qué era diferente en sus cánceres. Si lograban descubrirlo, quizá podrían desarrollar tratamientos que beneficiarían a todos los hombres. En esta nueva era de medicina molecular, ¿habría algo escondido dentro de la célula cancerosa que pudiese determinar un pronóstico, aparte de los indicadores patológicos usados en la actualidad—la etapa, el puntaje Gleason y la prueba PSA?

Corría el 2004, cuatro años antes de que Carol Greider, investigadora de Johns Hopkins, ganase el Premio Nobel por sus investigaciones sobre los extremos de los cromosomas, llamados telómeros. Semejante a las puntas plásticas que protegen los cordones de daños, uno puede considerar los telómeros como las puntas protectoras de los cromosomas. Para su análisis del trabajo investigador creciente de Greider, Meeker y De Marzo recibieron una subvención del Fondo de Restitución del Cigarrillo de Maryland para estudiar la longitud de los telómeros y su conexión posible al cáncer. Durante los procesos de envejecimiento y división de las células normales, se pierde un poco del ADN del telómero; por lo tanto los telómeros se tornan más y más cortos. Las células normales controlan la longitud de sus telómeros y, si llegan a ser demasiado cortos, inician la muerte celular. Ya era bien reconocido que los telómeros en las células cancerosas eran más cortos que en las células normales. Se preguntaban si ese sistema de control se degrada en las células cancerosas, y si una evaluación de la longitud de los telómeros podría ser un marcador de la agresividad del cáncer de la próstata. Durante los estudios preliminares, los investigadores examinaron lesiones precancerosas de la próstata, y hallaron telómeros mucho más cortos.

Sentados en corrillo en el tren mientras bosquejaban el paso siguiente de su investigación, ese hallazgo era el foco de su conversación. Su entusiasmo por estudiar la longitud de los telómeros, para ver si eso pudiese revelar algo nuevo sobre la agresividad y el pronóstico del cáncer de la próstata, no pasó desapercibido por los demás pasajeros en el vagón. Inconscientes del descubrimiento del cáncer que los científicos habían hecho y molestos por la plática, a Meeker, De Marzo y Platz pronto se les pidió que buscasen asientos distintos en el tren.

Con fondos del Departamento de la Defensa Nacional, comenzaron a estudiar las ideas que habían discutido en el viaje por tren. Examinaron la longitud de los telómeros en los cromosomas humanos de las células del cáncer de la próstata, y de células vecinas del tejido estromal o conjuntivo que rodea la próstata, el cual había sido preservado en un banco de muestras especial en Johns Hopkins. Célula por célula, un becario de la investigación clínica marcó meticulosamente con un círculo cada célula pertinente en imágenes digitales de tejidos que habían sido teñidos con una tintura fosforescente para indicar los telómeros. Un método computarizado cuantificó la longitud de los telómeros, el número de telómeros cortos y una mezcla de ambos. Meeker y De Marzo desarrollaron la estrategia para completar ese examen tan minucioso y completo. Ningún equipo de investigaciones jamás había buscado célula por célula, sino que habían optado por estudiar tejido grueso, principalmente porque era un proceso más sencillo y menos trabajoso. Meeker reconoció que si lo hacían de esa manera, podría escapárseles algo. En realidad, lo que hallaron solamente podría haberse hallado por medio de un método como el que desarrollaron Meeker y De Marzo. El equipo de investigaciones se sorprendió al descubrir que lo que importaba e influenciaba el resultado para los hombres con cáncer de la próstata, no parecía ser la longitud de los telómeros, sino la variabilidad en la longitud de los telómeros de una célula cancerosa a otra célula cancerosa. Su estrategia inusual dio en el clavo. “Si lo hubiésemos hecho como todo el mundo lo hace, jamás hubiéramos hallado esto”, dice Platz. “Algunos eran más cortos. Algunos eran más largos, pero era la variabilidad de una célula a la otra lo que pronosticaba un cáncer mortal de la próstata, y eso sólo podría descubrirse estudiando cada célula”. 

 

Tener telómeros de longitud variable en las células cancerosas de la próstata, y telómeros cortos en las células estromales cercanas, significaba correr un riesgo mucho mayor de morir del cáncer de la próstata. Las células cancerosas de la próstata con menos variación en la longitud de los telómeros, y los telómeros de mayor longitud en las células estromales, indicaban un tipo de cáncer de la próstata menos agresivo. Cuando separaron las muestras conforme en estas características y las compararon con los pacientes de quienes las habían obtenido, los investigadores hallaron que sólo un hombre del grupo con menor variabilidad y telómeros más largos falleció de su cáncer, comparado con 20 del grupo con mayor variabilidad y telómeros más cortos. “Este marcador nos da información y detecta una enfermedad de alto riesgo, aparte de otras pruebas y clasificaciones por etapas”, dice Platz.  

 

Con apoyo del Departamento de la Defensa Nacional, una subvención “SPORE” del Instituto Nacional del Cáncer de la Próstata, y del Consejo Asesor sobre la Próstata de Johns Hopkins, el equipo investigador ahora trabaja para desarrollar una estrategia automatizada para acelerar el proceso pesado de medir la longitud de los telómeros en las células individuales.

 

El equipo ve muchas aplicaciones posibles para su descubrimiento. “Puede haber subgrupos de hombres para los cuales podamos usar la longitud de los telómeros para pronosticar su reacción al tratamiento, y determinar precisamente cuáles tratamientos serían eficaces para cada paciente”, dice Platz. El análisis de la longitud de los telómeros también podría usarse para ayudar a identificar a hombres cuyo cáncer es probable que progrese, por lo cual no serían buenos candidatos para la vigilancia activa. Por otra parte, podría usarse para proveer pruebas mayores de una enfermedad de poco riesgo y dar tranquilidad a los hombres que participan de la vigilancia activa. “Los tratamientos tienen efectos secundarios. No queremos tratar a un hombre que no necesita tratamiento, ni tampoco cuando sabemos que no le va a ayudar”, dice Platz. “Los telómeros pueden ser un marcador que podemos usar para individualizar nuestra terapia para el cáncer de la próstata, para maximizar los beneficios y minimizar los riesgos y los efectos adversos para cada paciente”.

Perplejo con la Fruta Maravilla

 

En realidad, la idea para la investigación clínica de la granada vino del benefactor y homónimo del Centro del Cáncer Kimmel, Sidney Kimmel. Un fabricante de productos de las granadas estaba haciendo alardes de un estudio de UCLA que parecía indicar que el fruto tenía propiedades anticancerosas. Kimmel quería que su centro del cáncer descubriera si era cierto, y el director del centro, William Nelson, pensó que Carducci era precisamente el individuo capaz de descubrirlo.

 

Carducci, profesor de investigaciones del cáncer de la próstata patrocinado por AEGON, decidió no limitar su esfuerzo a las granadas. Existe una gama de productos naturales que se venden para la salud de la próstata, y Carducci decidió seguir la pista de Kimmel y llevar a cabo estudios que buscasen pruebas científicas verdaderas de que esos ingredientes naturales impactan las células del cáncer de la próstata. Hace poco que terminó los estudios de la granada y ahora está comenzando a estudiar la vitamina D y la proteína de la soja, como también la piel de las uvas muscadinas.

 

El estudio de UCLA halló que el jugo de la granada retardaba el tiempo de duplicación de la prueba PSA en los hombres que tenían el cáncer de la próstata, una indicación de que las granadas podrían estar frenando el progreso de la enfermedad. Carducci quería ver si podía repetir esos resultados y también determinar si la cantidad que el individuo consume marcaba una diferencia. Para realizar sus estudios, él usó las cápsulas POM Wonderful, de extracto de granada, porque el producto consiste 100 por ciento de granadas. Él advierte a los compradores que tengan cuidado en cuanto a la industria de las granadas, porque la demanda de la fruta es 15 veces mayor que la producción. Muchos productos en el mercado contienen una cantidad mínima de jugo de granada, mezclado con jugo de arándano, uva, asaí, u otros jugos. Dice Carducci que a los investigadores del cáncer les interesa la granada, porque es la que tiene mayor cantidad de antioxidantes, sustancias químicas reconocidas por poseer propiedades anticancerosas.

 

Carducci y su equipo, el cual incluye Emmanuel Antonarakis y Channing Paller, todavía están analizando sus hallazgos. Han confirmado los hallazgos del estudio de UCLA, y también hallaron que el tiempo de duplicación de la prueba PSA se retardaba, una indicación, aunque no una prueba, de que afecta el progreso de la enfermedad. Es más, solucionaron el asunto de “cuánto es suficiente”, y mostraron que dosis bajas del extracto tenían el mismo efecto que las dosis más elevadas. “Tenemos que verificar que el efecto que estamos viendo lo causa la granada, y que no es simplemente un proceso natural que estamos viendo por estar observando más detenidamente”, dice Carducci. “Creemos que retardar la PSA es algo bueno, pero tenemos que comprobar que en realidad marca una diferencia en los resultados para los pacientes”, él dice.

 

Otro estudio parecido en colaboración con la Universidad Howard está explorando los beneficios de las uvas muscadinas. La piel de esas uvas grandes, de un color morado oscuro, tiene dos antioxidantes, resveratrol, común en las uvas, y el ácido elágico, el mismo antioxidante que se encuentra en las granadas.

 

Carducci espera que sus estudios los lleven a terapias alternativas para los hombres cuyos resultados de la PSA comienzan a aumentar después de la cirugía, un evento denominado recurrencia bioquímica. Para esos hombres, una opción es la terapia hormonal, pero esas terapias tienen efectos secundarios molestos, tales como un aumento de peso y acaloramientos y, algo que preocupa aún más, puede acelerar la cardiopatía. “Si hay una estrategia más natural que permita que estos pacientes eviten los efectos secundarios, eso sería muy emocionante”, dice Carducci.

 

 

El Rastreo de la Genealogía Embrollada del Cáncer de la Próstata  

 

Tomó 20 años de labor, pero un equipo investigador dirigido por el científico del laboratorio del cáncer de la próstata, William Isaacs, ha descubierto el impulsor genético para un tipo de cáncer de la próstata hereditario, que tiende a atacar a hombres más jóvenes. Es el primer hallazgo importante asociado con el cáncer hereditario de la próstata.

 

“Ha quedado claro desde hace mucho que el cáncer de la próstata puede ser herencia de familia, pero ha sido un desafío poder señalar la base genética fundamental, y los estudios anteriores han dado resultados inconsistentes”, dice Isaacs, profesor de urología patrocinado por William Thomas Gerrard, Mario Anthony Duhon y Jennifer y John Chalsty.

 

Hace dos décadas que el trabajo de Isaac recibió su inspiración de la obra pionera de Bert Vogelstein y su equipo, quienes descubrieron alteraciones genéticas conectadas a tipos hereditarios del cáncer del colon. A raíz de esos hallazgos, se definió el cáncer como una enfermedad genética, y al final también revelaron un panorama complejo de cánceres del colon y otros cánceres en la población general. A diferencia del cáncer del colon, el cual proporciona síndromes heredados como pistas del comienzo precoz de la enfermedad, en el cáncer de la próstata “no existían familias con el síndrome, donde jóvenes de 25 años quedasen enfermos y los pudiésemos estudiar”, dice Isaacs.

 

Eso frustraba a Isaacs, porque estudios anteriores parecían indicar que el cáncer de la próstata tiene una gran susceptibilidad hereditaria, mayor que la del cáncer del colon y el cáncer de mama. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no lo podían encontrar?

 

Resulta que las técnicas que daban resultados tan buenos para definir los genes culpables en los cánceres del colon y el mamario, no daban resultados tan buenos para el cáncer de la próstata. “Es una enfermedad que les da a la mayoría de los hombres”, dice Isaacs. Señala en su estante a varios tomos de libros que contienen el árbol genealógico de familias donde tres o cuatro individuos habían sufrido del cáncer de la próstata. “Es el cáncer más común en los hombres. Vamos a encontrar familias con varios miembros que sufren de la enfermedad, aun sin el componente genético, sencillamente porque es tan común”. Analizar cuáles tenían conexiones genéticas y cuáles no las tenían, resultó ser una labor inmensa.

 

En otros cánceres, un diagnóstico a una edad temprana constituye una banderilla roja que señala una conexión genética. En el cáncer de la próstata, el mejor determinante de un diagnóstico a una edad temprana se relaciona directamente a cuán pronto se le hacen las pruebas al individuo. “Si vemos a una joven de 20 años con un nódulo en el seno, uno sabe que es un inicio temprano”, dice Isaacs. “Con el cáncer de la próstata, es posible diagnosticar a un hombre a los 75 años de edad que puede haber tenido el tumor desde los 45 años o antes”. Es cosa bien conocida que el cáncer de la próstata es un cáncer de crecimiento lento, y estudios de autopsias hechas en Johns Hopkins han revelado cánceres tempranos en hombres de veinte y treinta años de edad. “No sabríamos si un hombre tiene cáncer de la próstata a los 25 años de edad, porque nadie hace pruebas exploratorias a esa edad, y no es probable que él tenga síntomas que lo lleven a ver a un médico”, dice Isaacs.

 

Llega la prueba PSA. Ahora, estaban diagnosticando a los hombres en sus 40 y 50 años, y querían venir a Johns Hopkins para que Patrick Walsh les extirpara sus próstatas, porque él era el único hombre en el mundo que podía hacerlo sin dejarlos impotentes e incontinentes. Durante un plazo de cinco años, de ser una cirugía raras veces hecha, la prostatectomía llegó a ser la cirugía más comúnmente hecha en Johns Hopkins. Walsh les estaba preguntando a sus pacientes acerca de sus antecedentes familiares, y algunos le estaban relatando que sus abuelos, padres y hermanos habían sufrido del cáncer de la próstata. Influenciado por el difunto Barton Childs, pediatra y genético legendario de Johns Hopkins quien dio forma al entendimiento de las enfermedades hereditarias, Walsh comenzó a catalogar los tumores de la próstata para caracterizar un tipo hereditario del cáncer.

 

Bob Carter, un joven estudiante de medicina que trabajaba con Isaacs y con la investigadora Terri Beatty, de la Facultad de Salud Pública Bloomberg, le pidió a Walsh que le permitiese estudiar sus primeros 600 pacientes y, usando sus esposas como controles, determinó que si un hombre sufría del cáncer de la próstata o si uno de sus hermanos sufría del cáncer de la próstata, los otros hermanos corrían el riesgo. Este hallazgo en 1990 volvió a avivar la búsqueda de un tipo del cáncer de la próstata hereditario y del gen o genes que lo causaban. Isaacs se intrigó.

 

El grupo publicó un aviso en Parade Magazine en busca de voluntarios con antecedentes familiares del cáncer de la próstata. Antes de dos semanas, 2.500 hombres habían contestado, ansiosos de ayudar a descifrar la enfermedad. Los anuncios públicos del general Norman Schwarzkopf, el senador Robert Dole, y el inversionista Michael Milken acerca de sus propios diagnósticos, llamaron la atención y avivaron el interés en la enfermedad. “Aumentó la investigación, pero 15 años más tarde, cuando se despejó el humo, todavía no teníamos nada de gran utilidad”, dice Isaacs. “Algunos genes salieron a la luz, pero sus efectos resultaron ser escasos”.

 

Entonces, a mediados de los 2000, se exploraba una idea nueva. Como punto de partida, se planteó la premisa que debería haber un número limitado de cromosomas fundadoras en la población, porque los seres humanos constituyen una gran familia que se ha extendido de un número pequeño de fundadores originales. La investigación de Bert Vogelstein reveló mutaciones en los genes fundadores asociados con el cáncer en la población askenazí. “Lo mismo ocurre con toda la gente en el planeta. Sólo que es más difícil hallarlos”, dice Isaacs. Estaba comenzando el esfuerzo internacional llamado HapMap Project, que trataba de describir los modelos comunes en las variaciones genéticas humanas, y albergaba la posibilidad de aclarar el problema. Efectivamente. “En cosa de seis años, de no tener ningún factor genético de riesgo para el cáncer de la próstata, llegamos a tener hasta 70”, dice Isaacs. “Por primera vez, podíamos determinar un aumento en el riesgo genético, pero el efecto era escaso, aumentaba el factor del riesgo entre 10 y 20 por ciento. Así que, en realidad, no había una conclusión clínica”, dice Isaacs.

 

En Johns Hopkins, con la misión de usar la ciencia para mejorar la atención a los pacientes, los hallazgos también eran decepcionantes por otro motivo. “No nos indicaban de cuál tipo de cáncer de la próstata  los hombres corrían el riesgo de enfermarse, ni si debía ser tratado”, dice Isaacs. “Nuevamente, nos encontrábamos frente a la misma pared”.

 

“Éste es el dilema. Por las estadísticas, sabemos que la mayoría de los cánceres de la próstata no van a progresar hasta el punto de afectar la calidad de vida. La mayoría de los hombres va a seguir bien, así que decimos que estamos diagnosticando en exceso y tratando en exceso”, dice Isaacs.”Pero, el cáncer de la próstata es la segunda causa principal de muerte en los hombres. No estamos diagnosticando en exceso  ni tratando en exceso a esos hombres. Al contrario, yo diría que no estamos diagnosticando ni tratando suficiente a esos hombres”.

 

De manera que en los EE.UU., hemos errado por el lado de la precaución, dice Isaacs, porque aún no hemos logrado descubrir los factores genéticos que definitivamente separen los cánceres “buenos” de los “malos”.  En algunos países de Europa, se toma una estrategia contraria, y raras veces tratan el cáncer de la próstata, debido a la carga financiera que sufriría su sistema de medicina socializada.

 

“El cáncer de la próstata es hecho a la medida para la medicina personalizada, pero tenemos que descifrar qué es lo que pronostica una enfermedad agresiva”, dice Isaacs.

 

Mientras tanto, Isaacs dirige un consorcio internacional a favor de la genética del cáncer de la próstata, subvencionado por el Instituto Nacional del Cáncer. Los investigadores en la Universidad de Michigan, uno de los grupos participantes, estaban obteniendo resultados duplicables en sus investigaciones que les señalaban hacia una región en el cromosoma 17. Un análisis de esa región en las familias génicas del cáncer de la próstata recopilados en Hopkins, indicó lo mismo, pero con una señal más débil. Algunos de los genes más interesantes en esa región formaban parte de la familia génica HOX. Los primeros datos sobre esos genes resultaron de estudios de la mosca de la fruta. Isaacs recuerda una revista importante que había publicado una foto de una mosca de la fruta en la portada. Gracias a una mutación HOX, a la mosca le salían patas de la cabeza, donde debían aparecer sus antenas. “Las patas eran perfectamente normales, salvo que crecían en un sitio equivocado”, dice Isaacs. Saraswati Sukumar, un investigador del cáncer de mama y profesor de oncología, patrocinado por Barbara Rubinstein, era un perito en las proteínas HOX, y las había asociado con el desarrollo del cáncer de mama y la resistencia a la quimioterapia. “De trabajos anteriores sabíamos que genes específicos HOX eran muy importantes para el desarrollo normal de la próstata en los ratones. Se preguntaba, ¿“Tendría conexión con el crecimiento de las células de la próstata en los humanos”? A Isaacs le interesaba un gen del grupo HOX, el HOXB13. En los ratones, se activa justo cuando se está desarrollando la próstata.

 

Trabajando con el grupo de la Universidad de Michigan, Isaacs enfocó su investigación en familias que tenían alteraciones en el cromosoma 17. En una de esas familias, nueve miembros sufrían del cáncer de la próstata, y él tenía el ADN de siete de ellos. El equipo de la Universidad de Michigan tenía tres familias, en las cuales todos los miembros que sufrían del cáncer de la próstata tenían la misma mutación HOXB13. Isaacs tenía que asegurarse de que no era el simple resultado de una mutación común en la población, de manera que comenzó a determinar el genotipo de todas las personas que encontraba, sin importar sus antecedentes familiares, e incluyó a hombres sin cáncer de la próstata. Examinó 5.000 muestras y halló que la mutación era sumamente rara en la población general, pero en los hombres que la tenían, equivalía a un riesgo diez veces mayor de contraer el cáncer de la próstata. Por fin tenían la conexión importante al inicio temprano al cual Barton Childs había señalado tantos años antes. La mutación predominaba entre los hombres diagnosticados temprano, con menos de 55 años de edad, y muchos de ellos tenían un padre o un hermano con cáncer de la próstata. Había cumplido con ambos requisitos de Childs: El comienzo temprano de la enfermedad y los antecedentes familiares. También había dirigido la atención a la causa. La mutación era rara en los hombres diagnosticados después de los 65 años de edad que no tenían antecedentes familiares.

 

Era un caso clásico. Por una parte, Isaacs se sentía muy emocionado, por otra, no estaba hallando una conexión indiscutible a la enfermedad agresiva que esperaba encontrar, ni tampoco una que señalase concluyentemente a un tipo de enfermedad de desarrollo lento. “En este momento, no nos ayuda con la pregunta crítica de quién tratar y a quién no tratar, pero creemos que vamos por el camino acertado”, dice Isaacs.

 

La mutación se notaba más predominante en familias de descendencia europea. En los hombres de descendencia africana, Isaacs halló una mutación diferente del HOXB13, y otro equipo de investigadores halló otra mutación más en los chinos han. “Parece que existen distintas mutaciones fundadoras en las distintas etnias”, dice Isaacs. Eso podría ser útil para las familias donde un miembro sufre de un cáncer de la próstata agresivo asociado con la mutación. “Quizá podríamos evaluar a los otros hombres de la familia para ver si tienen la mutación, y así poder controlar más cuidadosamente y más temprano a los que la tuviesen”, dice Isaacs.

 

Él sigue ahondando, en busca de las causas del cáncer de la próstata en los hombres afroamericanos, donde la incidencia y tasas de mortalidad son el doble de las tasas de los hombres de raza blanca. “El tratamiento es eficaz, de manera que tenemos que ver cómo alcanzar a esos hombres cuando aún les puede dar resultados”, dice Isaacs. Él sospecha que hay algunos hombres que sacarían mucho provecho de hacerse la prueba PSA mucho antes, quizá comenzando a los 25 ó 30 años. El científico clínico Michael Carducci está de acuerdo. “Las investigaciones revelan que es más probable que el hombre de 50 años muestre una enfermedad metastática, que uno de 65 ó 75 años de edad”, dice Carducci. “Quizá debiera haber un examen temprano para hallar a esos hombres. Estamos tratando de descubrirlo, así que todo nuestro grupo está considerando hacer evaluaciones limitadas, pero tempranas, para los hombres que corren el riesgo mayor”.

 

Al final, dice Isaacs, “Hay un poco de todo. Me siento muy emocionado por este descubrimiento, pero también me doy cuenta de que éste es un cáncer difícil de entender, y todavía falta mucho por hacer”. “Lo bueno”, dice Isaacs, “es que en Johns Hopkins los expertos lo han sabido, de manera que estamos en la primera línea. La pregunta en cuanto al pronóstico—cuáles cánceres van a progresar y matar, y cuáles no—es la más importante en el cáncer de la próstata”.

 

La vision de Andy Kramer

 

Andy Kramer era un paciente de Mario Eisenberger, clínico del cáncer de la próstata. Durante 12 años, Eisenberger logró controlar el cáncer de la próstata de Kramer con terapias hormonales normales, y cuando ésas ya no surtían efecto, con varios fármacos experimentales. A lo largo de su tratamiento, el Sr. Kramer pudo dedicar tiempo de calidad a su familia, y siguió activo en su profesión como un abogado laboral reconocido internacionalmente. “A lo largo de su tratamiento en Johns Hopkins, Andy pudo enfocarse en forma excepcional en los aspectos positivos de la vida, y expresó su gratitud por haber podido sobrevivir su tumor agresivo más de una década”, dice Eisenberger, profesor de oncología patrocinado por R. Dale Hughes. Él habló de ‘devolver el favor’ con la creación de un fondo para apoyar y acelerar el descubrimiento y la implementación de nuevos tratamientos eficaces para el cáncer de la próstata. El Sr. Kramer falleció el año pasado, pero Jones Day, el bufete de abogados del cual era socio y con el cual trabajó casi tres décadas, está haciendo su visión realidad. El bufete, basado en Washington, donó $1.5 millones como un legado para subvencionar las investigaciones del cáncer de la próstata en el Centro del Cáncer Kimmel.

 

Durante los últimos años, se han visto adelantos sin precedentes en los descubrimientos de fármacos para el cáncer de la próstata. Se han aprobado seis fármacos nuevos, y Eisenberger está trabajando con Michael Carducci, Sam Denmeade, Emmanuel Antonarakis y otros, para hallar la mejor manera de integrarlos en la práctica clínica. “Tenemos que resolver quién debiera recibir cuál fármaco o combinación de fármacos”, dice Carducci.

 

Dice Carducci que el proceso de desarrollo de nuevos fármacos del Centro del Cáncer Kimmel ha jugado un papel clave en los avances del tratamiento para el cáncer de la próstata. Fármacos como Tasquinimod, un agente nuevo e interesante que parece obrar a través del sistema inmune y también corta la sangre y alimento que los tumores necesitan para crecer y propagarse, están mostrando mucho éxito. Carducci y su equipo han participado en el desarrollo del fármaco en el laboratorio, y él encabeza el equipo internacional que está llevando a cabo los estudios necesarios que deben continuar para obtener aprobación de la FDA.

 

Eisenberger cree que el donativo generoso de Jones Day fortalecerá esos adelantos, porque apoya la labor de identificar las propiedades moleculares que admiten las terapias personalizadas y mejoran la calidad de vida para los hombres que sufren del cáncer de la próstata. Proveerá fondos para varios proyectos, incluyendo un banco de tejidos, colaboraciones clínicas y de laboratorio cuyo propósito es identificar rápidamente nuevas terapias inmunológicas y farmacológicas, e identificar nuevos marcadores biológicos para controlar el progreso de la enfermedad y la eficacia de los tratamientos.  Eisenberger y su equipo están explorando varias estrategias innovadoras, incluyendo compuestos naturales que puedan evitar o controlar el progreso del cáncer de la próstata, terapias hormonales dirigidas, y estrategias inmunológicas que sensibilizan las células del cáncer de la próstata a tratamientos con fármacos.

 

El donativo también apoyará la labor de científicos de laboratorio, incluyendo a  Srinivasan Yegnasubramanian, quien está trabajando para identificar los marcadores biológicos que responden a los tratamientos.”Queremos entender por qué dos hombres con cáncer metastático de la próstata y semejantes características clínicas y de la patología del tumor, pueden responder de una manera tan distinta a la misma terapia”, dice Eisenberger. Están estudiando muestras de tumores de 60 pacientes cuyo cáncer se propagó a los huesos y a otros sitios, y entonces recibieron terapia de supresión androgénica, un tipo de terapia que suprime el andrógeno, una hormona que se sabe alimenta y propaga el cáncer de la próstata. “Si lográsemos descubrir las claves genéticas moleculares que pronostican cuáles cánceres están predestinados a ser sensibles al tratamiento, podríamos personalizar los tratamientos”, él dice. “En cambio, podemos usar los marcadores biológicos genéticos para identificar a los hombres que no van a responder a la terapia hormonal, y diseñar mejores tratamientos para ese grupo”.

 

“Andy Kramer era un hombre curioso e inteligente”, recuerda Eisenberger. “Estaba ansioso de aprender sobre los avances en el tratamiento del cáncer de la próstata, y deseaba hacer una contribución que mejoraría y prolongaría las vidas de los pacientes con cáncer de la próstata. El donativo de Jones Day honra el compromiso y visión de Andy”.

 

 

Es Inflamatorio

 

Hay un conjunto convincente de pruebas que conecta la inflamación al cáncer de la próstata. No se refiere a una inflamación aguda, el tipo que ocurre brevemente cuando se lastima un tejido, sino a una inflamación crónica—un ataque continuo y estrés de los tejidos que persiste día tras día sin cesar. Los estudios de poblaciones de Elizabeth Platz y su equipo han hallado que los hombres que sufren de una inflamación crónica corren un riesgo mayor de desarrollar los tipos agresivos del cáncer de la próstata. William Nelson dirigió un equipo investigador que halló que las exposiciones ambientales, tales como consumir carne a la parrilla, pueden causar inflamación dentro de la glándula prostática y posiblemente influenciar las primeras etapas del cáncer de la próstata. Ahora, los investigadores están comparando tejidos normales de la próstata con cánceres de la próstata, para entender más claramente el alcance de la inflamación de la próstata y cómo influencia el desarrollo y progresión del cáncer. Para mejorar y desarrollar estrategias de tratamiento basadas en la inmunología, también identificarán el tipo específico de célula inmune atacado por una inflamación de la próstata.

 

 

Un Buen Motivo para Dejar de Fumar; un Buen Motivo para Mantener un Peso Saludable

 

Corinne Joshu, una académica en formación, patrocinada por la Prevención y Control del Cáncer Martin D. Abeloff, buscaba remedios directos relacionados con el estilo de vida que pudiesen disminuir el riesgo de recurrencia en los hombres a quienes se le había hecho una cirugía para el cáncer de la próstata, y cuyos cánceres no se habían propagado. Ella halló que los hombres que fumaban un año después de su cirugía, corrían un doble de riesgo de que su cáncer de la próstata volviese. Los que habían dejado de fumar y los que no fumaban no corrían un riesgo mayor.  Dice Joshu que el fumar causa daños a las células que provocan el crecimiento de células nuevas para reemplazar las dañadas. Es posible que ese proceso ponga en marcha cambios genéticos que facilitan la recurrencia del cáncer de la próstata.

 

Joshu también estudió cambios en el peso comenzando cinco años antes de la cirugía hasta un año después. Ella encontró que los hombres que aumentaron cinco libras o más (un promedio de 10 a 11 libras), entre los cinco años anteriores y un año después de la cirugía, también corrían un doble riesgo de la recurrencia del cáncer, en comparación a los hombres que mantuvieron su peso estable. No importaba si al principio tenían un peso normal o si estaban sobrepeso. Parecía que el problema era el hecho de aumentar de peso. Joshu está trabajando con sus colegas clínicos y los que trabajan en las ciencias básicas para descifrar por qué. “Si usted está aumentando de peso, está en un proceso de crecimiento activo. Quizá ese ambiente que promueve el crecimiento, permite que células tumorales evasivas se establezcan y provoquen una recurrencia del cáncer más adelante”, ella dice.

 

Con el apoyo del programa Abeloff para los académicos, y también del Fondo de Compensación del Cigarrillo de Maryland y la Fundación para el Cáncer de la Próstata, Joshu está investigando precisamente cómo esos factores del estilo de vida contribuyen al progreso del cáncer de la próstata.

 

“Día tras día, nuestros cuerpos están tratando de luchar contra el mundo exterior”, explica Michael Carducci, perito en el cáncer de la próstata. “En el interior, hay elementos que se estimulan para combatir esas exposiciones. Cuánto más usted limite esos elementos, evite fumar y mantenga un peso y régimen saludables, más fácil la llevará su cuerpo”.  

 

A Favor del Inhibidor de la Angiogénesis

 

Inhibidor de la angiogénesis. Ése es un nombre largo que describe los tratamientos del cáncer que cortan el suministro de sangre que los tumores necesitan para alimentarse y crecer. El clínico y científico Hans Hammers espera tomar lo que ha aprendido de los éxitos en el uso de terapias por inhibidores de la angiogénesis para tratar el cáncer de los riñones, para tratar mejor el cáncer de la próstata, donde los inhibidores de la angiogénesis no han dado muy buenos resultados.

 

La quimioterapia tradicional no da ningún resultado con el cáncer de los riñones. El riñón, diestro en la expulsión de toxinas, se deshace de los fármacos anticancerígenos antes de que puedan obrar. Dice Hammers que los descubrimientos de los inhibidores de la angiogénesis cambiaron completamente la manera cómo se trata el cáncer del riñón, y cada agente inhibidor de la angiogénesis que usan se dirige a un mismo objetivo, la vía denominada VEGF.

 

La VEGF ayuda a los tumores a crear los vasos sanguíneos que necesitan para crecer y propagarse. El tratamiento dirigido a esa vía deshace los vasos que ya se han formado e impide el desarrollo de vasos nuevos, y encoge los cánceres del riñón a la mitad. Hammers creía que se debía poder obtener el mismo resultado con el cáncer de la próstata, pero estos cánceres tenían una resistencia inexplicable al tratamiento. Estudios con animales, patrocinados por el Fondo de Compensación del Cigarrillo de Maryland, le permitieron rastrear la resistencia a unas células muy primitivas que se separan del tumor y comienzan a crecer en otra parte del cuerpo durante un proceso llamado EMT [transición epitelio-mesénquima]. Hammers examinó cánceres estables del riñón y de la próstata que respondían a tratamiento. Cuando modificó las células tumorales para iniciar el proceso EMT, las células se tornaron resistentes al tratamiento inhibidor de la angiogénesis. “Esencialmente, lo que vemos en un puntaje Gleason alto, que representa el cáncer de la próstata más agresivo, es el proceso EMT”, dice Hammers. “El puntaje Gleason es un cuadro del proceso EMT”.  Hammers está trabajando para descubrir los mecanismos celulares específicos que participan en el proceso EMT, e identificar objetivos para el tratamiento. Él cree que un enfoque sobre el proceso EMT podría hacer que los tratamientos inhibidores de la angiogénesis fuesen eficaces contra el cáncer de la próstata y, posiblemente, contra muchos otros cánceres también.

 

La Zanahoria de la Muerte Es un Explosivo para el Cáncer a Nivel Molecular

 

La thapsia garganica es una maleza silvestre de un metro de alto que crece abundantemente en el Mediterráneo. Abunda gracias a su mala fama. Los escritos antiguos de los griegos la llamaban la “planta de la muerte”, y los árabes, al ver que los camellos que la consumían morían rápidamente, la nombraron “la zanahoria de la muerte”.  A fines de los 1970, un químico danés aisló la toxina de la planta, y la denominó thapsigargina.  John Isaacs, investigador del Centro del Cáncer Kimmel, comenzó a colaborar con el químico con la esperanza de emplear esa capacidad mortífera para tratar el cáncer de la próstata. Isaacs halló que, verdaderamente, la thapsigargina mataba el cáncer de la próstata, pero lamentablemente también mataba células cardíacas y cerebrales. “La administramos a ratones, y murieron en cosa de minutos”, él recuerda.

 

Resuelto, Isaacs, uno de los expertos mundiales sobre la apoptosis (muerte de la célula a lo largo de su ciclo natural de vida), comenzó a aplicar sus amplios conocimientos sobre cómo mueren las células, para formular una versión de la toxina que sólo fuese letal para las células del cáncer. Solicitó la ayuda de un colega investigador del cáncer de la próstata, Samuel Denmeade, y los dos trabajaron por más de un década para modificar esa maleza tóxica químicamente, para que segura y específicamente atacase las células del cáncer de la próstata.

 

Explica Denmeade que la thapsigargina mata, porque logra que las células crean que necesitan calcio, cuando no lo necesitan. Como resultado, las células se inundan con cantidades interminables de calcio, y mueren. El desafío era manipular la toxina letal para que sólo entregase su potencia mortífera a las células del cáncer de la próstata. Para lograrlo, Denmeade e Isaacs crearon un compuesto que permanece inactivo hasta que entra en contacto con las células que secretan una proteína denominada antígeno específico de la membrana de la próstata (PSMA). Esta modificación significaba que ahora la toxina atacaría solamente la próstata y, a diferencia de su antecesora, dejaría en paz las células del corazón, del cerebro y otras células normales. En los estudios de laboratorio, que han utilizado tumores prostáticos humanos trasplantados a ratones, su fármaco manipulado tenía aspecto prometedor. Un ciclo de tres días de administración del fármaco encogió los tumores por la mitad y dio mejores resultados que otros fármacos comunes para el cáncer.

 

Con fondos importantes de David H. Koch, los investigadores Isaacs y Denmeade trabajaron con Michael Carducci, Angelo De Marzo y otros colegas y peritos del cáncer de la próstata del Centro del Cáncer Kimmel, para llevar su descubrimiento a los pacientes. Denmeade comparó su thapsigargina modificada químicamente a un explosivo clínico. Cuando el fármaco entra en contacto con células que secretan el PSMA, descarga y mata todas las células cancerígenas a su alrededor.

 

El fármaco, ahora denominado G202, se administra por inyección y funciona bloqueando el funcionamiento de una proteína esencial que mantiene correctos los niveles del calcio en las células. Esencialmente, hace que las células tumorales reciban una sobredosis de calcio y se mueran. También corta los vasos sanguíneos que alimentan los tumores prostáticos.

 

A diferencia de su homónimo, el equipo investigador dice que PSMA no sólo se encuentra en la próstata, sino también en los vasos sanguíneos de los cánceres del cerebro, los riñones, la vejiga, la mama, el colon y el pulmón. De manera que tiene la posibilidad de obrar contra muchos cánceres distintos. Según el informe presentado por el equipo en la revista Science Translational Medicine, los hallazgos de laboratorio en cuanto a los cánceres de mama, riñón y vejiga respaldan esta teoría.

 

Hasta la fecha, el equipo de Johns Hopkins y sus colaboradores de la Universidad de Wisconsin y la Universidad de Texas-San Antonio, han tratado a 29 pacientes con cánceres avanzados en un ensayo clínico para evaluar la seguridad del fármaco. Nuevos ensayos evaluarán la seguridad y eficacia de G202 en pacientes que sufren de cánceres de la próstata y del hígado.

 

“Lo que más nos gusta de este fármaco”, dice Isaacs, “es que obliga a la célula cancerosa a destruirse a sí misma”.

 

Nota del redactor:  Esta investigación fue financiada por el Programa Investigador del Cáncer de la Próstata del Departamento de la Defensa Nacional, la Fundación del Cáncer de la Próstata, David Koch, la Sociedad Danesa del Cáncer, el Consejo Danés de Investigaciones, la Fundación Investigadora de la Universidad Aarhus, y SPORE (CA058236 y CA 006973) del Instituto del Cáncer de los Institutos Nacionales de la Salud.

 

La “Teranóstica” y Más

 

Un equipo multidisciplinario de expertos, incluyendo Ted DeWeese, director de radiación oncológica, y Martin Pomper y Zaver Bhujwalla, expertos en imágenes cancerosas, llevando a cabo una nueva estrategia denominada “teranóstica”, porque combina las propiedades diagnósticas de las imágenes moleculares con la terapia para el cáncer, desarrollaron una idea que aprovecha los componentes moleculares importantes del cáncer, y permite que los investigadores y clínicos vean el interior de las células cancerosas y las observen mientras se las está tratando. El equipo está desarrollando estructuras ultradiminutas, llamadas nanopartículas, llenas de un fármaco anticancerígeno que también sensibiliza las células cancerosas a la radiación y a un radiofármaco, o agente trazador de las células. Se dirigen las nanopartículas al PSMA, un marcador biológico para el cáncer de la próstata, para que vaya directamente y entregue su carga anticancerígena específicamente a los tumores prostáticos. Se marca la partícula con un isótopo radioactivo, que puede usarse para hacer imágenes o para tratar el cáncer. Se la administra por vía intravenosa, para que pueda atacar las células que estén creciendo en cualquier parte del cuerpo.

 

En otros trabajos, DeWeese y el investigador del cáncer de la próstata, Shawn Lupold, fueron los primeros que mostraron que se puede usar el interferente pequeño ARN (ARNip) para la terapia dirigida del cáncer de la próstata. Esta investigación innovadora se enfoca en el ARNip, moléculas pequeñas que tienen la capacidad de interferir con la expresión génica. DeWeese y Lupold usaron aptómeros, parecido a un sistema de dirección, para lograr que la molécula ARN llegue a su blanco dentro de las células cancerosas, donde evita que las células cancerosas reparen los daños que la radiación les causa. Por lo tanto, se mueren. Los aptómeros, lo que permite que las moléculas inhibitorias sean enviadas específicamente a las células cancerosas, son exclusivos de Johns Hopkins, y se los considera como el patrón oro. Además, es una plataforma tecnológica que no sólo se puede usar para el cáncer de la próstata, sino para cualquier tipo de cáncer, con sólo cambiar el aptómero.

 

Otra estrategia con nanopartículas, que DeWeese está explorando para el tratamiento del cáncer de la próstata, utiliza partículas alfa, un tipo de isótopo de radio que naturalmente se dirige a los huesos, donde el cáncer de la próstata se propaga más frecuentemente. Adquiere la potencia destructiva del radio decaído, pero en esta forma tiene una vida corta de unos diez días, y sólo causa daños a lo largo del camino limitado que recorre dentro del cuerpo. El radio tiene una relación química con el calcio, por lo tanto actúa como el calcio en el cuerpo humano, y se dirige naturalmente a los huesos. Los investigadores están estudiando un tratamiento de radiación que combina las nanopartículas con la partícula alfa. Para atacar el cáncer de la próstata y su propagación exquisita y precisamente, se administra la nanopartícula, cargada con su fármaco contra el cáncer que sensibiliza a la radiación, junto con la partícula alfa, que se dirige a la metástasis a los huesos.

 

 

El Primer Tratamiento de su Clase

 

Una terapia novedosa para el cáncer de la próstata permitirá que más hombres puedan tener la cirugía como una opción. Los estudios clínicos dirigidos por Charles Drake, un perito en la inmunología del cáncer y codirector de la Clínica Multidisciplinaria del Cáncer de la Próstata, incluirán una vacuna contra el cáncer de la próstata. Hace más de una década que los investigadores del Centro del Cáncer Kimmel desarrollaron GVAX, una vacuna que fortalece el sistema inmunológico. Se la  administrará después de la cirugía, en combinación con el fármaco anticancerígeno ciclofosfamida, y un fármaco nuevo para la terapia hormonal de la próstata llamado MDV 3100. El tratamiento es para los hombres diagnosticados con cánceres de la próstata de alto grado, que tienen la probabilidad de recurrir. En el pasado, a esos hombres no se los consideraba candidatos para la cirugía, debido a la probabilidad de que células tumorales microscópicas, invisibles a los cirujanos, ya se hubiesen separado del tumor, destinando el regreso del cáncer. Drake, quien está colaborando con el oncólogo médico Emmanuel Antonarakis y los urólogos Alan Partin y Edward Schaeffer, se siente emocionado de poder ofrecer a esos hombres un tratamiento que tenga la posibilidad de curarlos. Esperan descubrir cuáles células inmunes ya están presentes cuando se lleve a cabo la prostatectomía, y cuál ejército de células inmunes van a necesitar para presentar el ataque contra las células del cáncer de la próstata. Ellos creen que el tratamiento con la vacuna y el fármaco puede lograr eliminar las células cancerosas que la cirugía no encuentre.

 

 

La Rehabilitación Después del Tratamiento para el Cáncer de la Próstata

 

Los dos asuntos que tienen que ven con la calidad de vida que experimentan los hombres después de la cirugía para el cáncer de la próstata son la incontinencia urinaria y la disfunción eréctil. Con la enfermera profesional Kristen Burns, el oncólogo urológico y cirujano del cáncer de la próstata, Trinity Bivalacqua, está ayudando a los hombres por medio de una nueva clínica de rehabilitación y supervivencia. Bivalacqua es hábil tanto en la prostatectomía abierta como en la robótica, y eso le da una perspectiva única y también la experiencia para ayudar a los hombres a reponerse de la cirugía para el cáncer de la próstata. “Si vamos a esforzarnos por curar a todos, también queremos tener la certeza de que estamos tratando de eliminar los asuntos adversos tocantes a la calidad de vida”, dice el director del Instituto Urológico Brady, Alan Partin. Cualquier paciente del cáncer de la próstata que experimenta una cirugía o recibe radioterapia, es un candidato para la rehabilitación. Puede ser que algunos hombres que experimentan problemas sólo necesiten asesoramiento, mientras que otros pueden necesitar una intervención más invasiva para aliviarles los síntomas. Sin embargo, el equipo dice que quiere que los pacientes sepan que ese servicio forma parte de la atención que les ofrecemos. Al principio, sólo se enfocarán en los pacientes del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, pero más adelante esperan poder ampliar el programa para ayudar a pacientes en todo el país.    

 

 

Una Leyenda en el Campo del Cáncer de la Próstata

 

Es posible que el urólogo Patrick Walsh sea la figura más famosa y admirada en el mundo del cáncer de la próstata. Se desempeñó como director del renombrado Instituto Urológico Brady en Johns Hopkins durante 30 años. Él transformó la cirugía de la próstata al desarrollar una estrategia anatómica para extirpar la próstata cancerosa, sin causar efectos secundarios que cambiasen la vida; enseñó el procedimiento a centenares de urólogos aprendices; y juntó datos de los pacientes que dieron ímpetu a las investigaciones del cáncer de la próstata. En junio de 2011, por última vez llevó a cabo el procedimiento que había innovado. Era su prostatectomía número 4.569. Él sigue siendo una figura conocida en “el Brady”, y a través del Fondo para la Investigación del Cáncer de la Próstata Patrick C. Walsh, sigue adelantando el entendimiento y atención del cáncer de la próstata.

 

 

Hoy en día, cuando Damon Harris mira fotos viejas de sí mismo en los 1970, actuando como miembro del conjunto vocal Temptations, no sólo recuerda sus veinte y tantos y el apogeo de su carrera, sino que reflexiona sobre lo que el lente de la cámara no revela. Más allá de las luces y la fama, él señala el comienzo de su lucha contra el cáncer de la próstata.

 

Aunque Damon fue diagnosticado con un cáncer avanzado de la próstata en 1998, a la edad de 47 años, sus médicos le informaron que era probable que ese cáncer de crecimiento lento había comenzado a formarse hacía 20 años. Cuando esas fotos fueron tomadas, no había síntomas que le avisaran de los errores genéticos invisibles que estaban ocurriendo dentro de su cuerpo, y dando lugar a las células cancerosas. No sabía que, por ser un hombre afroamericano con antecedentes familiares del cáncer de la próstata, corría un riesgo mayor de la enfermedad, y de que se le manifestase a una edad más joven. Su padre había fallecido cuando Damon sólo tenía 25 años de edad. Sin embargo, no fue hasta que Damon leyó el acta de defunción que se dio cuenta de que su padre había muerto del cáncer de la próstata. “Yo vi morir a mi padre. Lo vi sufrir, pero él nunca habló de eso”, dice Damon. Era un indicio de los tiempos. “Los hombres de raza negra no hablaban del cáncer de la próstata”, él dice.

 

Adelantémonos 15 años, y quizá las cosas no sean tan diferentes. Damon recuerda que antes de ir al médico, vivió 5 años con los síntomas. Como su padre, sufría en silencio. Se convenció que el dolor que estaba experimentando era algo normal de la edad madura. “Yo hacía estiramientos y me aplicaba compresas frías en el pelvis para aliviar el dolor”.

 

En ese entonces vivía en Filadelfia. Había dedicado la década anterior a hacer giras internacionales como artista solista, y había decidido mudarse a Nevada para trabajar con un conjunto cantante que estaba actuando en un hotel en Reno. Se matriculó en la Universidad de Nevada, en el plantel en Reno, para continuar sus estudios en la educación musical. Unos años más tarde, le volvió el dolor, y entonces era insoportable. En el centro médico de la universidad, la Dra. Carol Scott lo convenció que necesitaba hacerse la prueba PSA y un examen de la próstata. Los resultados eran inequívocos. No sólo tenía Damon cáncer de la próstata, sino que tenía un cáncer malo de la próstata. Su biopsia y otras pruebas mostraron que el cáncer ya se había propagado.

 

Cuando joven, había soñado de vivir en Reno. Sus planes no incluían un diagnóstico de cáncer de la próstata. En cosa de días después de su diagnóstico, fue a las oficinas de la American Cancer Society (Sociedad Americana del Cáncer, ACS) en Reno para hacer lo que él llama su “cursillo intensivo del cáncer”. El director local de la ACS le pidió a Damon que sirviese de coordinador y moderador de su programa Man-to-Man (De Hombre a Hombre), un programa de educación y apoyo para hombres que sufren del cáncer de la próstata. Él habló a muchos grupos. Debido a que la población afroamericana en Reno era muy pequeña, él era el único hombre de raza negra en el salón. “Tanto para ellos como para mí, ésa fue una experiencia reveladora”, recuerda Damon. “Para todos nosotros era un encuentro fuera de lo común; pero a pesar de las diferencias visibles, todos éramos hermanos. La enfermedad nos había unido”.

 

La ACS envió a Damon por todo el país para asistir a congresos nacionales y otros eventos del cáncer de la próstata. Su “cursillo intensivo” también lo llevó a otro grupo del cáncer de la próstata. Haciendo una búsqueda en el internet, encontró un grupo de defensa dirigido por pacientes llamado National Prostate Cancer Coalition (Coalición Nacional del Cáncer de la Próstata, NPCC). El urólogo que examinó a Damon en Nevada no le ofreció muchas esperanzas, pero un contacto que hizo mientras asistía a la reunión anual del grupo en Wshington, D.C., sí lo hizo. Damon entabló una amistad con el juez Ralph Burnett, un individuo recién diagnosticado con el cáncer de la próstata, quien en esa oportunidad se desempeñaba como director de la organización. El juez era un defensor de aumentar los fondos y la educación para los hombres diagnosticados con esa enfermedad. “Tenía una preocupación genuina por mí, y me dijo que debía ir a ver a su médico en Johns Hopkins, al Dr. Bill Nelson”, dice Damon.

 

Damon siguió con el consejo del juez Burnett y pidió una cita con el Dr. Nelson. El cáncer de la próstata de Damon estaba demasiado avanzado para ser curado por medio de una cirugía; pero la terapia hormonal con fármacos podría—y logró—mantenerlo controlado. Aunque a los tratamientos no les han faltado los efectos secundarios, se ha sentido lo suficiente bien como para seguir actuando. Él disfrutó de un momento memorable el año pasado, durante la celebración del Día de los Supervivientes y el programa el Arte de la Sanidad, del Centro del Cáncer Kimmel. Él cantó “We Shall Overcome” (Venceremos), y los pacientes se unieron a él en un despliegue espontáneo y conmovedor de valor y solidaridad que, a pesar de que fue un momento lleno de emoción para todos los que lo presenciaron, es probable que sólo los que luchan contra el cáncer lo pudieron apreciar plenamente. “Me sentí impulsado a pedir que los pacientes que se parasen conmigo, porque yo podía identificarme con lo que ellos estaban experimentando,” dice Damon. “A pesar de que todos tenemos experiencias distintas en nuestra lucha contra el cáncer, también nos une una experiencia parecida. Yo era el que estaba en la plataforma cantando, pero mi voz hablaba por todos nosotros”.

 

Por primera vez, Damon ha escrito, adaptado y producido su propia música. Durante la primavera pasada, él grabó “You Are My Woman” (Tú Eres Mi Mujer) [un enlace al sitio web con el canto http://www.cdbaby.com/cd/damonharris1] en el Instituto Peabody de Johns Hopkins, acompañado por músicos de Peabody. “Me inspiraron a escribir esta canción los individuos a quienes he conocido a través de esta lucha, y todo lo que he padecido con el tratamiento, pensando que yo nunca volvería a cantar”, dice Damon. “Esas experiencias me dieron esperanza y motivación, y la fe de que mi vida no se había terminado”.

 

Dice Damon que también ha obtenido inspiración de su viejo amigo, el juez Burnett, quien falleció en 2007, pero no antes de dejar una marca indeleble. Bajo su dirección, primeramente como director y después como miembro de la junta directiva, la Coalición Nacional del Cáncer de la Próstata triplicó su membrecía, y duplicó los  fondos federales para la investigación del cáncer de la próstata. Como parte de su apoyo firme y vocal de Johns Hopkins, obtuvo apoyo del Departamento de la Defensa Nacional a favor del programa del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, y abogó a favor de la subvención SPORE (Specialized Programs of Research Excellence) del Instituto Nacional del Cáncer, para el Centro del Cáncer Kimmel. El juez Burnett participó en estudios que ayudaron a los científicos de Johns Hopkins a comenzar a resolver los cambios genéticos complejos asociados con el cáncer de la próstata.

 

El juez Burnett le pidió a Damon que ayudase al grupo a alcanzar a hombres de raza negra quienes tenían mayor probabilidad de desarrollar cáncer de la próstata a una edad más joven, pero tenían menos probabilidad de examinarse, cosa que Damon comprendía de sobras. “El juez Burnett creía que los hombres de raza negra se sentirían más a gusto al oír, y poder tratar el tema, con otro hombre de raza negra”, dice Damon. Damon, un hombre profundamente espiritual, comenzó a buscar un propósito divino en su diagnóstico. “Quizá yo fui llamado para hacer esto. Si yo puedo usar mi experiencia con Temptations y Motown como un plataforma para despertar conciencia, entonces siento que algo bueno ha resultado de mi lucha”, él dice.

 

Él admite que algunos hombres de raza negra no han estado dispuestos a escuchar, pero rehúsa darse por vencido. “Mi experiencia no es la experiencia de todos. Algunos se sienten intimidados. Algunos se cansan de luchar contra los obstáculos. Quiero educar y armar a todos los hombres, para que por lo menos tengan los datos necesarios para tomar decisiones”, dice Damon. “En forma especial quiero que los jóvenes afroamericanos y el país comprendan que ésta no es sólo una ‘enfermedad de los viejos’. Yo soy una muestra viviente de eso”, él dice. Damon admite que aunque él hubiese sabido que había una prueba o examen para detectar el cáncer de la próstata cuando él comenzó a experimentar los síntomas, ni aun así hubiese ido al médico. “Es triste que, para muchos hombres, la idea de hacerse un examen digital del recto les da más temor que morir”, él dice. “He oído a hombres decir, ‘Primero me muero antes de hacerme eso’, y quiero hacer cuánto pueda para asegurar que eso no pase”.

 

Para ayudar a difundir su mensaje y proveer apoyo para los hombres afroamericanos, Damon ha formado la Damon Harris Cancer Foundation (Fundación del Cáncer Damon Harris), y está desarrollando un sitio web relacionado que conecta a los hombres afroamericanos con urólogos afroamericanos. Fue una idea que se le ocurrió cuando asistía a un congreso de la Sociedad Americana del Cáncer. Un encuentro casual con el aclamado urólogo negro, Janice Arnold, le hizo pensar: “Quizá algunos hombres de raza negra estarían más dispuestos a hacerse las pruebas exploratorias, si pudiesen ir a un médico afroamericano. La historia del pueblo de raza negra en los Estados Unidos ha sido tal que, con razón, algunos hombres de raza negra se sienten reacios de escuchar a los médicos de raza blanca. Falta la confianza”, él dice. “Pero, no podemos de dejar de esforzarnos por difundir el mensaje”.  Su meta es asegurar que cada hombre tenga una opción que le dé resultados. Si le es más cómodo ir a un médico de raza negra, él quiere que sepan dónde encontrarlo. “La información es la clave”, dice Damon. “Los individuos tienen que tomar sus propias decisiones. Puede ser que la decisión que yo tomé no sea la correcta para otro individuo, pero yo trato de asegurar que la gente por lo menos tenga los datos, tal como la ACS y la NPCC hicieron por mí”.

 

Primero que nada, él tiene la esperanza que el compartir su historia y proveer conexiones a médicos, animará a los hombres a tratar el cáncer de la próstata con un médico antes de que tengan síntomas. “La raza es un tema delicado. Los medios de comunicación temen hablar de los problemas del cáncer de la próstata en los hombres afroamericanos. Existe una vacilación a enfatizar la raza, pero no podemos temer decir que en los Estados Unidos el cáncer de la próstata es distinto en los hombres afroamericanos”, dice Damon. “Es una realidad, y si somos reacios de hablar de eso, nunca vamos a lograr controlar este problema”. Aunque tiene esperanzas de hacer un impacto mayor, dice Damon que si su esfuerzo logra que sólo un hombre hable con su médico en cuanto al cáncer de la próstata, se sentirá que ha cambiado las cosas.

 

Una manera de lograr ese blanco es compartir su trayectoria y experiencia en Johns Hopkins. “Johns Hopkins es el mejor hospital del mundo”, dice Damon. “Yo no soy el hombre rico que muchos anticiparían o se imaginarían; por lo tanto, no es mi fama lo que ha logrado que me dieran el mejor tratamiento. En mi experiencia, eso representa lo que Johns Hopkins provee a cada paciente”, dice Damon.

 

El Dr. Nelson señala que Damon Harris es un ejemplo perfecto de alguien que pudiese haber sacado provecho de las pruebas de detección. Con tanta atención enfocada en el exceso de detección en los hombres, el Dr. Nelson quiere que los hombres comprendan que no es malo hacer las pruebas de detección; lo malo es hacer las pruebas a los que no les corresponde. Él dice, “Lo que debemos hacer es dirigir las pruebas de detección del cáncer de la próstata a los que las necesitan, a los que sacarán provecho, y no a los que no lo sacarán”.

 

Aunque Damon perdió la oportunidad de la detección precoz y una cura, aún considera que su historia del cáncer de la próstata ha sido un éxito. A la edad de 62 años, ha vivido con un cáncer avanzado de la próstata por 14 años. Él atribuye su supervivencia a una combinación de “los esfuerzos de su médico y la gracia de Dios”. Él dice, “El Centro de Cáncer Kimmel es una segunda residencia para mí. Estoy seguro de que si no hubiese venido a Johns Hopkins, no estuviese vivo ahora”.

 

Hace poco que su cáncer comenzó a crecer de nuevo, y él está comenzando la radioterapia para liquidar algunos tumores dolorosos que están presionando los nervios de su cadera y espina dorsal. También está ansioso de comenzar un tratamiento con un fármaco nuevo aprobado por la FDA, llamado MDV-3100. Sigue impresionado con la combinación de estrategias que han usado sus médicos para mantener su cáncer controlado. Cuando los tratamientos con fármacos han dejado de dar resultados, él dice que la radioterapia ha estabilizado el cáncer.

 

A pesar de todo, Damon se siente bendecido. Él no pregunta por qué, ni ¿y si? “Recibí el don del canto, y por medio de mi música y mi experiencia con el cáncer, se me permite usar esa voz y ser escuchado para ayudar a otros”, dice Damon. “Tener un cáncer no equivale a morir”, él dice. “Tener un cáncer es aprender a vivir”.

 

 

Al Estilo Coffey

 

Donald Coffey se crió en las colinas de Bristol, Tennessee, a fines de los 1930. Su padre mantenía una gasolinera. Ninguno de sus padres terminó los estudios secundarios. Él mismo luchaba con sus estudios—repitió años; se le pidió que se retirase de su primera universidad, y 20 escuelas de posgrado lo rechazaron. Jamás había oído de Johns Hopkins ni de Baltimore, y nunca conoció a un médico ni a nadie con cáncer, pero después de orar y meditar, le sobrevino lo que él describe como un deseo sobrecogedor de estudiar el cáncer. El camino poco probable que lo llevó a Johns Hopkins no fue nada fácil; pero tal como la directiva de Johns Hopkins pronto aprendería, uno de los peores alumnos académicos era un estudiante astuto y llegó a ser un maestro aún mejor. Coffey llegó a ser uno de los peritos más destacados del cáncer de la próstata de Johns Hopkins, y uno de sus profesores más cotizados.

 

Durante más de 50 años en Johns Hopkins, Coffey ha acumulado una lista larga de logros. Muchos de los elogios han sido tan inusuales como el hombre mismo. Se desempeñó como presidente interino del Departamento de Farmacología sin jamás haber tomado un curso de farmacología. Sin poseer un título médico, en 1973 ayudó a establecer el Centro del Cáncer con el primer director, Albert Owens, y entonces, en 1987,  lo dirigió, y durante 1997 y 1998 se desempeñó como presidente de la Asociación Americana de la Investigación del Cáncer (American Association of Cancer Research). Este caballero alegre, con lentes, de habla sureña y parecido a Benjamín Franklin, es único en su especie, y su historia se trata tanto de la investigación del cáncer como del espíritu humano.

 

Las primeras investigaciones de Donald Coffey en muchas formas sirvieron de fundamento, sobre el cual se erigieron los descubrimientos de la genética y la epigenética moderna en Johns Hopkins. En 1974, revolucionó el mundo investigador al desafiar la idea popular sobre cómo se copiaba el ADN. En ese entonces, se entendía poco sobre el ADN y los genes. A la mayoría de los investigadores les interesaba entender qué era y qué llevaba escrito. No ha de sorprender que la idea de Coffey era diferente. A él le interesaba la estructura de la cinta, y cómo se organizaba en el núcleo. Decidió estudiarla en el centro del núcleo. Era una idea revolucionaria. La mayoría de los científicos no creía que había nada en el centro.

 

La idea popular era que no existía un sitio único en la célula donde se copiaba el ADN. Al contrario, la hipótesis de los científicos era que el ADN era como una cinta y que algo como un cabezal movible que corría a lo largo de la cinta fija, lo copiaba. Coffey no estaba de acuerdo. Él creía que el ADN se copiaba en el centro del núcleo, y que las hebras del ADN, semejantes a una cinta un metro de largo, estaban firmemente enroscadas dentro del núcleo de la célula.

 

Para aquéllos que nacieron en la era digital, la analogía del casete y la grabación parece anticuada; pero hay que recordar que estas investigaciones se estaban llevando a cabo en los 1970.  

 

Con una subvención de $500.000 sin restricciones de Bristol Myers para la investigación del cáncer, Coffey juntó a dos jóvenes desconocidos, prometedores en el campo de la investigación del cáncer, a Drew Pardoll, un estudiante de medicina y filosofía,  y Bert Vogelstein, a quien Coffey describe como el único verdadero genio que jamás conoció.

 

La teoría de Pardoll era que, en vez de usar un cabezal movible par grabar, la cinta de ADN se copiaba en miles de sitios fijos a lo largo de lo que ellos llamaron la matriz nuclear. Explica Coffey, “El núcleo tiene un esqueleto. Ésa es la matriz nuclear.  Unidos a ese esqueleto hay cabezales, la maquinaria que duplica el ADN.    El ADN está organizado en miles de pliegues que se mueven a lo largo de esos cabezales”. Vogelstein usó una serie de cálculos, que Coffey describe como demasiado complicados para explicar, y mostró que el modelo de Pardoll era factible. Coffey reconoció que una comunidad científica escéptica no lo creería, a menos que lo pudiese ver; de manera que mostraron cómo era por medio de dibujos y modelos a escala. Recuerda Coffey, “Ken Pienta y yo fuimos a Sears y compramos una sierra de calar, y construimos un modelo a escala que resultó premiado. Ese modelo de un solo pliegue desenrollado de ADN, magnificado 25 millones de veces, medía casi 60 metros de largo”. Construimos otro modelo a escala, ése de poco más de un metro de largo, para ilustrar los pliegues muy enrollados del ADN.

 

¿Y qué tiene todo esto que ver con el cáncer? Para contestar eso, Coffey, el profesor conocido por usar los Slinkys, burbujas de jabón, latas de gaseosa, y una copia de un pliegue de ADN de 60 metros de largo para ilustrar un punto, prende la grabadora. Mete un casete en la grabadora y comienzan a escucharse los sonidos agradables del vals El Danubio Azul de Johann Strauss. Inesperadamente, lo interrumpe el conjunto Rolling Stones cantando Get Off of My Cloud.  Sin avisar, la cinta de nuevo comienza a tocar El Danubio Azul. “Así es el cáncer”, dice Coffey. “Él cáncer se parece a la cinta genética del cuerpo, tocando la canción indebida al momento indebido”, explica Coffey. “La cinta está toda enredada y tiene errores. El cáncer es un problema de crecimiento y diferenciación celular que está fuera de control, y yo quiero saber cuál cinta está tocando y cuándo. Partes de la cinta están fuera de lugar, y hay errores en lo que se está tocando. Toca canciones cuando no debe. Toca canciones embrionarias cuando deberían estar apagadas”.

 

Claro está, que un entendimiento de qué es lo que tiene la cinta y cómo lo toca, ha sido una de las contribuciones científicas más grandes de Johns Hopkins. Los alumnos de Coffey, Vogelstein y Pardoll, llegaron a ser científicos de renombre mundial en sus campos. Vogelstein es el investigador más citado en toda la medicina por su trabajo que reveló el patrón genético del cáncer, y se conoce a Pardoll por su trabajo en descubrir cómo es que las células cancerosas se esquivan del sistema inmune. Con respecto a los pliegues enrollados del ADN, los peritos e investigadores destacados, Stephen Baylin y William Nelson, del Centro del Cáncer Kimmel, mostraron que los rollos y pliegues se tocan e interaccionan con muchos sitios de los genes, creando así una estructura que desactiva los genes supresores de los tumores.

 

Sin embargo, al momento de su descubrimiento, la idea de una matriz fue recibida con escepticismo. “Era sorprendente ver cómo estos jóvenes podían comprobar estas cosas frente a los mejores laboratorios del mundo”, dice Coffey. De repente, los científicos en MIT y Princeton estaban llevando a cabo experimentos parecidos.

 

Coffey no vivía enamorado a ciegas de los trabajos que venían de las instituciones de mayor prestigio, ni tampoco era indiferente a las observaciones de la gente común, los que habían aprendido su oficio trabajando, y no en un salón de clases. Se sentía tan a gusto conversando con el conserje, como con el director general. Eso no sólo hizo de él un buen ser humano, sino también un científico soberbio. A Coffey le interesaba solucionar problemas, y no era una persona motivada por la fama o el reconocimiento público.

 

Él cuenta de un trabajo que tuvo cuando estaba en la universidad y trabajaba como químico para North American Rayon Company en Tennessee. Tenían problemas con los tubos que llevaban el ácido que se usaba para producir el rayón. El ácido rebotaba y se derramaba por el piso. A Coffey le asignaron hallar qué era lo que causaba el problema. Conversó con todos los que le vinieron a la mente, incluso con el tío Juan, un peón que trabajaba en el sótano del edificio. El tío Juan le dio la pista que había una máquina que vibraba unos 20 minutos antes de ocurrir el defecto. Esa observación guió a Coffey a la causa del problema.

 

Coffey creía que para hallar las respuestas, primero era necesario hacer la pregunta correcta. “Le gustaba recolectar las ideas de todos. Hacía que la gente sintiese que ninguna idea sería considerada como tonta”, recuerda Pardoll.

 

En la North American Rayon Company, de la noche a la mañana, Coffey y el tío Juan se hicieron famosos, y su jefe en ese lugar, un graduado de Johns Hopkins, lo inspiró a ir a Baltimore. El jefe le dijo a Coffey, “Tendrás que trabajar duro para entrar, pero te van a cuidar. Cuando tengas éxito, a ellos no les va a importar quién eres”.

 

“Yo era un estudiante mediocre de  East Tennessee State University, y ahora tenía planes de asistir a Johns Hopkins”, dice Coffey. (Antes de asistir a Tennessee State, asistió a Kings College. El presidente de la institución le sugirió que se retirase después de que él contrató un avión para repartir volantes políticos, algunos de los cuales se mojaron y cayeron a la tierra como bloques de hormigón. Años más tarde, Kings College le otorgó un doctorado honoris causa.)

 

Coffey lo comentó con su esposa, Eula, y acordaron mudarse a Baltimore. Durante el día, Coffey trabajaba en Westinghouse como diseñador de antenas de radar. De noche, asistía a clases, y metió el pie en la puerta del laboratorio lavando cristalería para los estudiantes de posgrado. Cuando la Facultad de Medicina recibió una excelente carta de recomendación de su antiguo patrón en North American Rayon, lo emplearon para trabajar de noche en el laboratorio de urología. Un año más tarde, en 1959, sin tener un título de posgrado, lo nombraron director del Laboratorio de Investigaciones Urológicas Brady (Brady Urological Research Laboratory). “El sueldo inicial era $5.000; yo estaba ganando $18.000 en Westinghouse, pero sabía que quería investigar el cáncer”. Después de dirigir el laboratorio por un año, lo aceptaron para estudiar química fisiológica en el programa de posgrado de la Facultad de Medicina.

 

Coffey terminó su doctorado a los 33 años de edad. A esa edad, ya se había desempeñado como químico, ingeniero, director de laboratorio e investigador del cáncer de la próstata. Todos lo querían, y el profesor Paul Talalay lo contrató para el personal docente del Departamento de Farmacología. Poco después, el profesor William Scott lo invitó a unirse al personal docente del Departamento de Urología. La elevación meteórica de Coffey, desde su papel autoproclamado de “repicar y dar misa,” hasta llegar a ser el profesor distinguido de urología patrocinado por Catherine Iola y J. Smith Michael; profesor de oncología, farmacología y ciencias moleculares, y patología; y miembro del personal profesional del Laboratorio de Física Aplicada (Applied Physics Laboratory), parecía el tema de una película de Hollywood.

 

En realidad, a pesar de sus luchas académicas, Coffey era un calce perfecto para Johns Hopkins. Él creía que se podría aprender mucho si los individuos de distintas disciplinas se juntasen para tratar un problema. “A la gente les gusta conceptualizar una enfermedad como algo que ha salido mal, semejante a tener un alambre suelto en el auto. Pero en el auto, nunca se trata de sólo un alambre. De igual manera para formar una célula cancerosa, se requieren muchos pasos. Asociado con eso están el fenómeno del envejecimiento, los fenómenos genéticos, y un montón de factores ambientales y epigenéticos. Caramba, ni le cuento cuán pocas veces la gente de todos esos campos científicos distintos se juntan para hablar”, dice Coffey.

 

Para Coffey, ni el salón de clases ni el laboratorio se cerraban jamás. Se lo hallaba por los corredores del Instituto Brady, en su oficina compartiendo una merienda, o en una sala de conferencias, siempre cultivando colaboraciones e inspirando ideas innovadoras sobre el cáncer. No era inusual que esas discusiones se extendiesen mucho después de las horas laborales. A la mañana siguiente, quedaban ecuaciones y apuntes en los pizarrones, como prueba de las discusiones animadas que habían sucedido la noche anterior.

 

Coffey, quien sufre de dislexia, comprende a profundidad que todos aprenden distinto. El desorden que lo hizo luchar como alumno, ayudó a convertirlo en uno de los mejores maestros del mundo.

 

Una de sus lecciones más veneradas es la que él llama, “el verdadero examen final”. En esa lección él exalta varios principios comprobados por el tiempo:

 

“Si halla que algo es verdadero, ¿qué es lo que eso implica? Con frecuencia, no hacen falta más experimentos. Necesitamos más razonamiento analítico de los resultados”.

 

“Genere más de un concepto para explicar sus datos; entonces, dé a todas las posibilidades igual atención y esfuerzo. Es probable que su idea acariciada resulte ser sólo eso”.

 

“No suponga nada que no pueda comprobar”.

 

“El experimento que no resulta cómo usted cree que debe resultar, es el único experimento que verdaderamente le va a enseñar algo nuevo”.

 

“Cuando se logre algún descubrimiento, otorgue el reconocimiento a todos. Es probable que usted no fue el primero en estudiar el problema, ni tampoco será el último”.

 

En realidad, esa última lección es una favorita de Coffey, quien a veces parece otorgar reconocimiento a todos menos a sí mismo. En la North American Rayon Company, aunque él fue el que juntó todos los datos para resolver el problema del ácido en los tubos, él rápidamente otorgó el reconocimiento al tío Juan, y le consiguió un cuantioso aumento de sueldo. Él habla gustosamente y con orgullo de los investigadores y clínicos consumados que han pasado por su laboratorio. Y con razón, ya que la lista comprende los nombres más famosos del cáncer. Además de Vogelstein y Pardoll, incluye a William Nelson, director del Centro del Cáncer Kimmel; Alan Partin, director de urología; Ted DeWeese, director del Departamento de Oncología Radioterapéutica y Ciencias de la Radiación Molecular; y Jonathan Simons, presidente y oficial principal ejecutivo de la Fundación del Cáncer e la Próstata (Prostate Cancer Foundation), entre muchos más.

 

Coffey sigue caminando por los corredores de Johns Hopkins en busca de talento nuevo. Él tiene una fórmula sencilla para hallar los mejores y los más avispados. Le pregunta a la gente. Pueden ser otros profesores o estudiantes, o aun pacientes. Les pregunta, ¿quién es el más inteligente? ¿Quién es el mejor? Entonces, recluta a esas estrellas ascendentes para la lucha contra el cáncer. Tal como demuestra su lista de reclutas, esa fórmula da resultados.

 

El 10 de octubre, Coffey cumplió 80 años de edad, pero los años no han tenido mucho efecto sobre su búsqueda de conocimientos. En sus investigaciones más recientes, él examina los rasgos que comparten las bacterias con las células del cáncer. Coffey y sus colaboradores creen que, semejante a las bacterias, las células cancerosas dependen de la comunicación y una “red social” para sobrevivir y crecer dentro del cuerpo. Él dice que las células cancerosas y las bacterias utilizan químicos y vías genéticas para anular los controles que les indican a las células cómo deben actuar. Alberga la esperanza que un mejor conocimiento del comportamiento social de las células cancerosas—la comunicación compleja de célula a célula que ellas usan para crecer, propagarse y evadir los tratamientos—inspire nuevas estrategias terapéuticas.

 

Coffey también formó parte de un equipo que usó un modelo del cáncer testicular para probar que es más fácil matar las células cancerosas con fármacos anticancerígenos y radioterapia, si ellas han sido expuestas al calor. Mostraron que aun cánceres avanzados, que se habían propagado a otras partes del cuerpo, podían controlarse con el calor.  Para llevar a cabo el desarrollo clínico, Coffey con Ted DeWeese, director de la Oncología Radioterapéutica, y los científicos Robert Ivkof, Shawn Lupold y Prakash Kulkarni, están usando pequeños anticuerpos que se adhieren a partículas de hierro que, a su vez, se adhieren naturalmente a las células cancerosas por todo el cuerpo. Cuando son expuestas a campos magnéticos alternos, las partículas de hierro vibran lo suficiente como para calentar las células cancerosas, de manera que quedan más vulnerables a las terapias.

 

Dice Coffey que esos descubrimientos lo han llevado a una nueva fascinación con la temperatura. En la medicina personalizada, señala Coffey, la temperatura, o sea la fiebre, es una de las medidas principales usadas para determinar si alguien está enfermo; y entonces enumera una serie de preguntas: “Quiero entender la temperatura, y el motivo científico y evolucionario que hace que la temperatura precisa del cuerpo sea 36°. ¿Por qué no es 30° ó 39°? Y ¿por qué es que los huevos de gallina se incuban a unos 37°? ¿Por qué es que un cambio de sólo unos pocos grados en la superficie del mar provoca un huracán? ¿Por qué se forma la llama en una vela conforme a una estructura precisa? Y, ¿cuál es la razón por la cual la temperatura de una mujer sube varios grados cuando ovula? ¿Por qué se decide el sexo de un caimán y una tortuga precisamente a los 37°?  Y, ¿por qué es que el esperma del hombre no sobrevive la temperatura del cuerpo? ¿Por qué forman diseños tan interesantes los copos de nieve? ¿Cómo es que se forma la vida, en contra de la segunda ley de la termodinámica, con un aumento de entropía y calor? ¿Cómo se puede utilizar ese calor y temperatura para curar infecciones, y para tratar el cáncer, y para germinar bellotas, y para formar el límite preciso de la vegetación arbórea en la montaña?

 

Aunque puede ser que las respuestas a estas preguntas permanezcan, por ahora, en el misterio, una cosa sí es cierta. En la mente curiosa de Donald Coffey, lo único que cambia es su cumpleaños. Su búsqueda continua y apasionada del conocimiento, promete llevar a Johns Hopkins y al mundo más descubrimientos inesperados, utilerías inusuales y conferencias fascinantes.

 

 

Los Titanes del Cáncer de la Próstata

 

Fieles al modelo de Johns Hopkins, los líderes del programa del cáncer de la próstata nunca separaron el descubrimiento del paciente.  Manteniendo ambos alineados, sus investigadores y clínicos han logrado más adelantos que en ningún otro sitio en el mundo.

 

Los Hitos del Cáncer de la Próstata en Johns Hopkins   

 

En 1904, se llevó a cabo la primera prostatectomía, y después se inició la estrategia anatómica que salva el nervio

 

Desarrolló algunas de las primeras estrategias terapéuticas y modelos clínicos para el cáncer de la próstata, incluyendo la braquiterapia más antigua, y fue el primero en cultivar células humanas del cáncer de la próstata para estudiar blancos terapéuticos

 

Desarrolló los primeros modelos con animales para caracterizar las propiedades y tipos del cáncer de la próstata; envió los modelos a todo el mundo para promover las investigaciones

 

Descubrió la primera mutación de un gen humano en el cáncer de la próstata

 

Descifró los mecanismos para la metástasis del cáncer de la próstata

 

Proveyó la primera descripción de las propiedades básicas, celulares y moleculares, del cáncer de la próstata

 

Fue el primero en describir la importancia de las células madre en el cáncer de la próstata

 

Descifró cómo se regula el crecimiento del cáncer de la próstata

 

Definió el cáncer hereditario de la próstata

 

Llevó a cabo los primeros estudios de la metilación del ADN en el cáncer de la próstata

 

Desarrolló un modelo animal de la inflamación de la próstata, y definió la atrofia inflamatoria proliferativa (proliferative inflammatory atrophy, PIA), un modelo nuevo de lo que causa el cáncer de la próstata

 

Innovó la patología cuantitativa, para perfeccionar los marcadores de etapas y los pronósticos

 

Desarrolló las tablas de Partin, Pound y Han para pronosticar los cánceres localizados, el intervalo de recaída, la metástasis y la supervivencia

 

Utilizó la velocidad de la prueba PSA para definir los cánceres mortales de la próstata

 

Desarrolló y comprobó clínicamente el primer adenovirus específico a la próstata, para tratar el cáncer recurrente y metastático de la próstata

 

Llevó a cabo el primer análisis proteínico de la próstata normal y del cáncer de la próstata

 

Desarrolló nuevas pruebas para los marcadores biológicos del cáncer de la próstata

 

Encabezó el trabajo con robots para el tratamiento del cáncer de la próstata

 

Fue pionero en los estudios de la inmunología de los tumores, y desarrolló GVAX, la primera vacuna terapéutica para el cáncer de la próstata

 

Identificó nuevos blancos para los fármacos, los profármacos activados por la prueba PSA, y otros agentes

 

Articles in this Issue

Headline Makers

Honors & Awards

New Faculty & Appointments

Philanthropy

Damon Sings - Cover Story

The Coffey Way - Cover Story

Meet Tom Smith - Palliative Care

Meet Phil Dennis - Lung Cancer Expert

 

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